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En relación con la elección judicial de 2011, el experto señala que no se trató propiamente de una
elección competitiva, sino más bien de un ejercicio de validación. Esto se explica por el hecho de que,
en ese momento, la Asamblea Legislativa Plurinacional estaba integrada en su mayoría por legisladores
afines al partido oficialista Movimiento al Socialismo (MAS), fuerza política vinculada al entonces
presidente Evo Morales. Por lo tanto, el control de los dos tercios necesarios para la preselección de los
aspirantes se encontraba en manos de dicho grupo político.
Señala que, los aspirantes no fueron seleccionados mediante un proceso público que comprobara su
idoneidad para el cargo, sino más bien con base en criterios de afinidad política e ideológica con el
gobierno en turno. Esta situación generó un amplio rechazo ciudadano, lo que se reflejó en la elevada
cantidad de votos nulos o en blanco, los cuales superaron más del 50 % del total de sufragios (59 %).
En consecuencia, las personas electas no fueron investidas con una legitimidad democrática sólida.
Además, señala que los magistrados electos eran personas que ya habían ocupado cargos de alta
confianza dentro del gobierno, lo cual afectó su independencia e imparcialidad al emitir resoluciones.
Un ejemplo claro de esto es la sentencia registrada bajo el número 0084/2017, que el experto califica
como una “vergonzosa sentencia”. En dicha resolución, el Tribunal declaró inaplicable la norma
constitucional que limitaba la reelección presidencial, argumentando que la reelección es un derecho
humano protegido por el artículo 23 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos. Esta
sentencia habilitó al entonces presidente Evo Morales para postularse a un cuarto mandato de manera
continua, algo que la Constitución boliviana no permitía.
En relación con la jornada electoral judicial de 2017, Rivera Santiváñez señaló que se ofreció
implementar un enfoque meritocrático en el proceso de selección. Para ello, se convocó a un concurso
que incluyó la evaluación de méritos, un examen escrito y entrevistas. Del total de aspirantes, el 45 %
fueron aprobados como candidatos con base en sus méritos, mientras que el 55 % restante accedió al
proceso a través de los exámenes escritos, los cuales evaluaban conocimientos teóricos o
enciclopedistas, pero no permitían comprobar si los postulantes contaban con el conjunto de habilidades
necesarias para desempeñar el cargo con idoneidad ética, gerencial, social-política y psicológica.
Los aspirantes que reprobaron el examen escrito recuperaron sus puntajes obtenidos en el concurso de
méritos y la entrevista. Al final del proceso, quienes apenas superaron los 56 puntos en el examen escrito