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La waylla, considerada de mayor calidad y resistencia que el ichhu, se destina para las partes más
visibles y sagradas del templo, reforzando la idea de jerarquía también en los materiales. Su crecimiento
lento (tres a cuatro años) y la obligación de cuidarla evidencian que no es un simple recurso, sino un
bien protegido que exige reciprocidad: la naturaleza da, pero a cambio de respeto y cuidado.
Ambos materiales son percibidos como guardianes sagrados que, al entrelazarse en el techado, forman
una coraza espiritual sobre la iglesia, funcionando como una especie de “manto protector” que blinda
el espacio sagrado de cualquier impureza. Este carácter simbólico se refuerza por la concepción de que
la paja mantiene el qoñi (calor) del templo, protegiéndolo de la “frialdad” asociada con la desarmonía
y el pecado. Para los marcapateños, cambiar estos materiales por otros —como la calamina— sería un
acto sacrílego que rompería la cadena de transmisión cultural y espiritual, pues el ichhu y la waylla no
solo cumplen una función práctica, sino que son portadores de memoria ancestral y de los principios de
ayni y minka que sostienen la vida comunitaria
Los wachus son divisiones del techo de la iglesia que organizan el trabajo comunal durante el
Wasichakuy, y representan mucho más que simples parcelas: son verdaderas “chacras rituales”
asignadas a cada comunidad, donde se reproduce la lógica agrícola andina en el espacio sagrado. Cada
wachu equivale a una franja de responsabilidad simbólica y operativa que exige orden, disciplina y
experiencia. Trabajar un wachu no es solo una labor física, sino un acto de reciprocidad y pertenencia:
el comunero que lo asume siembra su prestigio y deja huella en la memoria colectiva. Al igual que en
la chacra, el trabajo en los wachus se rige por el ayni y la minka, con bromas, comidas compartidas y
enseñanzas intergeneracionales que refuerzan la cohesión social. Cada wachu debe ser culminado con
esmero y rectitud, pues simboliza un camino de vida, donde se transmiten saberes, afectos, jerarquías y
valores ético-rituales. Así, el techo del templo se convierte en un campo de cultivo espiritual, donde los
comuneros no solo techan, sino siembran continuidad, tradición y comunidad.
Entre los elementos animales, destaca la mula, el cual no se trata simplemente de un personaje que
anima la fiesta, sino de un elemento que representa fuerza, poder y valentía. Para los pobladores, la
mula viene desde los tiempos antiguos, heredada por sus abuelos, y su origen está ligado al mito del
Inka Phuyutarki. Por eso, cuando aparece en el repaje, no lo hace como un simple acompañante, sino
como un símbolo que habla de trabajo, resistencia y autoridad.