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deben complementar con datos móviles o equipos personales para cumplir con tareas administrativas,
planificación y entrega de evidencias.
Esta situación se agrava debido a que, por prohibición legal, los aportes económicos solo pueden ser
gestionados por comités de padres de familia de forma voluntaria y consensuada, y no deben ser exigidos
ni administrados por el personal docente o autoridades educativas (Primicias, 2024). Como resultado, la
inversión personal del profesorado en materiales educativos, una práctica ampliamente documentada en
contextos internacionales, evidencia que una proporción significativa de docentes destina parte de su
salario a la compra de suministros básicos sin reembolso, lo que refleja una tendencia persistente de
insuficiencia de recursos escolares que termina trasladando la responsabilidad financiera al educador
(National Education Association, 2023; EdWeek Research Center, 2022). Esta doble carga, emocional
y económica, profundiza la precariedad de la labor docente y pone en evidencia la brecha existente entre
la normativa de gratuidad de la educación y la realidad cotidiana de los profesionales que sostienen el
sistema educativo.
A esta multiplicidad de funciones se añade, de manera ineludible, la exigencia de una preparación
académica permanente, condición necesaria y legítima para el ejercicio profesional docente, pero que
en la práctica se transforma en una carga adicional no siempre acompañada de condiciones laborales
favorables. El docente debe planificar clases, diseñar y adaptar material didáctico contextualizado,
elaborar recursos visuales como dibujos, esquemas, carteles y material manipulativo, responder a la
diversidad del aula, actualizarse constantemente mediante cursos, capacitaciones y procesos de
formación continua, y cumplir, de forma paralela, con extensos requerimientos de documentación
administrativa, informes, evidencias pedagógicas, registros digitales y plataformas institucionales.
Diversos estudios señalan que estas demandas suelen extenderse más allá de la jornada laboral formal,
invadiendo los espacios de descanso, vida familiar y autocuidado, lo que incrementa significativamente
el riesgo de agotamiento emocional y estrés crónico en el profesorado (Salmela-Aro & Upadyaya, 2020;
UNESCO, 2023).
Frente a este escenario surge una interrogante inevitable y necesaria para el análisis educativo
contemporáneo: ¿qué otra profesión exige de manera simultánea competencias pedagógicas,
psicológicas, sociales, artísticas, deportivas, administrativas y tecnológicas, además de la capacidad de