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INTRODUCCION
El evento vascular cerebral (EVC) isquémico es una entidad clínica producida por la oclusión parcial o
total de una arteria cerebral, lo que condiciona una disminución crítica del flujo sanguíneo, hipoxia
tisular y daño neuronal agudo que se manifiesta clínicamente como déficit neurológico focal o global.
Este tipo de evento representa aproximadamente el 80 % de todos los EVC y constituye una de las
principales causas de mortalidad, discapacidad permanente y deterioro de la calidad de vida a nivel
mundial. Su impacto no solo afecta al paciente, sino también a su entorno familiar y a los sistemas de
salud, debido a los elevados costos asociados al tratamiento, rehabilitación y pérdida de productividad.
En México, el EVC se posiciona entre las primeras causas de muerte en población adulta y genera una
importante carga de discapacidad. La incidencia estimada es de aproximadamente 118 casos por cada
100,000 habitantes al año, con una mortalidad hospitalaria cercana al 15–16 %. Además, se calcula que
hasta el 70 % de los sobrevivientes presentan algún grado de discapacidad funcional, lo que resalta la
relevancia de estrategias dirigidas a la prevención, diagnóstico oportuno y tratamiento temprano.
El EVC isquémico se asocia estrechamente con diversos factores de riesgo cardiovasculares, tanto
modificables como no modificables. Entre los factores modificables destacan la hipertensión arterial
sistémica, la diabetes mellitus, la obesidad, el tabaquismo, el sedentarismo, el consumo excesivo de
alcohol, las dislipidemias y ciertas cardiopatías, especialmente la fibrilación auricular. Entre los factores
no modificables se encuentran la edad avanzada, el sexo, la predisposición genética y algunos
determinantes sociales que influyen en el acceso a servicios de salud y en los estilos de vida.
El diagnóstico del EVC isquémico se basa en el reconocimiento temprano de los síntomas neurológicos
y en la evaluación inicial en los servicios de urgencias mediante estudios de neuroimagen,
principalmente tomografía computarizada de cráneo, así como el uso de escalas de severidad como la
National Institutes of Health Stroke Scale (NIHSS). La instauración temprana de terapias de
reperfusión, como la trombólisis intravenosa y la trombectomía mecánica, ha demostrado mejorar
significativamente los desenlaces funcionales cuando se aplican dentro de ventanas terapéuticas
adecuadas, lo que ha impulsado la implementación de protocolos de atención como el “código cerebro”.
No obstante, persisten limitaciones importantes en la atención del EVC isquémico, incluyendo retrasos
en el reconocimiento de los síntomas por parte de la población, demoras en la llegada hospitalaria,