LA EDUCACIÓN GRIEGA Y SUS FUENTES:
EL HOMBRE COMO OBJETO DE ESTUDIO
GREEK EDUCATION AND ITS SOURCES:
MAN AS AN OBJECT OF STUDY
Emma Carolina Espinosa Fierros
Centro de Estudios para la Investigación y el Desarrollo Humano
pág. 4869
DOI: https://doi.org/10.37811/cl_rcm.v10i1.22595
La Educación Griega y sus Fuentes: El Hombre como Objeto de Estudio
Emma Carolina Espinosa Fierros
1
cesideh@gmail.com
https://orcid.org/0009-0005-7127-5487
Centro de Estudios para la Investigación y el Desarrollo Humano
RESUMEN
El presente trabajo analiza la relación intrínseca entre la educación y la configuración del ser humano
desde una perspectiva histórica y antropológica. En la primera sección, se examina el legado de la
Grecia clásica, explorando la transición de la educación aristocrática hacia la Paideia democrática,
impulsada por figuras como los sofistas y el método socrático. Asimismo, se contrastan las visiones de
Platón y Aristóteles respecto a la formación del ciudadano en el marco de la polis. En la segunda parte,
el estudio se desplaza hacia la antropología contemporánea, fundamentándose en el enfoque
gnoseológico que sitúa a la racionalidad como la diferenciación específica del género humano. A través
de este análisis, se demuestra que la racionalidad no es solo un rasgo cognitivo, sino el motor que coloca
al hombre en la cúspide de la supervivencia mediante la modulación cultural y la unidad psicofísica. Se
concluye que la educación actúa como el mecanismo indispensable para la actualización de las
potencias humanas, consolidando al individuo como un proyecto inacabado que alcanza su plenitud
mediante la integración de su biología, su psique y su entorno social.
Palabras clave: antropología pedagógica, educación formal, racionalidad, paideia, supervivencia
1
Autor principal
Correspondencia: cesideh@gmail.com
pág. 4870
Greek Education and its Sources: Man as an Object of Study
ABSTRACT
This paper analyzes the intrinsic relationship between education and the configuration of the human
being from both a historical and anthropological perspective. The first section examines the legacy of
Classical Greece, exploring the transition from aristocratic education to democratic Paideia, driven by
figures such as the Sophists and the Socratic method. Furthermore, it contrasts the visions of Plato and
Aristotle regarding the formation of the citizen within the framework of the polis. In the second part,
the study shifts toward contemporary anthropology, based on a gnoseological approach that identifies
rationality as the specific differentiation of the human species. Through this analysis, it is demonstrated
that rationality is not merely a cognitive trait, but the engine that places humanity at the peak of survival
through cultural modulation and psychophysical unity. The paper concludes that education acts as the
indispensable mechanism for the actualization of human potential, establishing the individual as an
unfinished project that reaches fulfillment through the integration of biology, psyche, and social
environment.
Keywords: pedagogical anthropology, formal education, rationality, paideia, survival
Artículo recibido 20 diciembre 2025
Aceptado para publicación: 23 enero 2026
pág. 4871
INTRODUCCIÓN
El hombre como objeto de estudio
Para comprender la filosofía griega en la educación, debemos entender primero cómo concebimos al
ser humano. La antropología, como ciencia, utiliza métodos rigurosos y analiza datos para estudiar al
hombre en su dimensión biológica y sociocultural, así como en la compleja relación mente-cuerpo. Esta
disciplina responde al cómo, cuándo y por qué del fenómeno humano en un tiempo y espacio
determinados.
Sin embargo, desde la antropología filosófica, se busca una validez universal que trascienda las culturas
para responder preguntas esenciales: ¿Qué es el hombre? o ¿Cuál es su posición ante el mundo? Estas
interrogantes delimitan el fenómeno de lo humano y originan cosmovisiones que dan significado a
nuestra existencia. Son historias de "hombres de carne y hueso" que dejan rastro y testimonio de su
paso por el mundo. Bajo esta mirada, la educación griega no es solo un registro histórico, sino una
respuesta filosófica a la pregunta de cómo debe vivir el ser humano (Pérez, 2011).
DESARROLLO
Fuentes de la educación griega
Los griegos legaron un vasto conocimiento a la educación occidental, fundamentado en fuentes
documentales y evidencias históricas que permiten rastrear el origen de su pensamiento educativo. Al
respecto, se identifican a Platón y Aristóteles como las figuras paradigmáticas de la instrucción griega,
aunque muchas obras originales han llegado a nosotros de forma fragmentada o poco precisa.
Reforzando esta base documental, las obras de Platón e Isócrates emergen como fuentes filosóficas de
valor incalculable para el legado pedagógico occidental. No obstante, es en Aristóteles donde se observa
una organización metodológica más robusta y sistemática. Su enfoque lo posiciona como un explorador
e investigador incansable del mundo sensible para la construcción del conocimiento, sentando los
principios de lo que más tarde se consolidaría en la educación como el método científico.
Bajo la premisa de que el alumno no solo supera, sino que complementa al maestro, Aristóteles
expandió de manera magistral las enseñanzas de Platón. Al transitar del idealismo hacia un realismo
basado en la observación, propuso una formación educativa caracterizada por el rigor y el método,
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consolidando una estructura pedagógica que equilibró la abstracción filosófica con el estudio empírico
de la realidad.
Como fuente primordial, la Ilíada y la Odisea de Homero consideradas "la Biblia de los griegos"
establecieron el ideal dual de la educación: la destreza en las armas y en las letras, la acción frente a la
contemplación, y la espada junto a la pluma (García, s.f.). Este equilibrio es el precursor de lo que hoy
denominamos humanidades y ciencias. Asimismo, textos de Hesíodo y grandes dramaturgos como
Esquilo, Sófocles y Eurípides ofrecen una visión fundamental sobre la práctica aristocrática y los
aspectos cotidianos del ideal educativo.
El legado de los sofistas y el giro hacia la educación formal
La influencia de los sofistas, como Protágoras, Gorgias e Hipias, fue determinante para el nacimiento
de la pedagogía. Estos maestros itinerantes son considerados los fundadores de la educación formal, al
entender el fenómeno educativo como un proceso consciente destinado a fortalecer la areté (virtud) y
la formación intelectual para el funcionamiento de la polis.
A diferencia de este enfoque, Sócrates surgió como un crítico que no cobraba por sus enseñanzas.
Mediante su método irónico y la mayéutica, buscaba la verdad intrínseca en cada individuo, lo que
incomodaba a las élites que veían en la educación un privilegio de control social. Su estilo fomentó un
espíritu crítico en los jóvenes, sentando las bases de una educación orientada al despertar de la
curiosidad y el razonamiento.
Bajo esta perspectiva, destacar la trascendencia de los sofistas como fuente esencial en la educación
griega resulta ineludible. Entre sus figuras más prominentes se encuentran, además de los ya
mencionados, Pródico de Ceos y Trasímaco de Calcedonia. Estos maestros recorrían extensos caminos
antes de establecerse en Atenas, travesías que forjaron en ellos un espíritu libre y, a menudo, transgresor.
A ellos se les atribuye no solo el inicio de una corriente de pensamiento que fructificaría en las épocas
clásica y helenística, sino también un dominio excepcional de la tradición filosófica y el lenguaje
(Espinosa, 2006).
Al respecto, Ramírez (2014) señala que las contribuciones más sobresalientes de este grupo fueron el
desarrollo de una instrucción estructurada y la decisión de depositar en la formación intelectual las bases
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para el buen funcionamiento ciudadano, adelantándose así a lo que hoy en día se observa en las bases
de las instituciones educativas.
No obstante, el ideal educativo griego no se agotó en la sofística; se nutrió también de fuentes literarias
fundamentales. Junto a Homero y Hesíodo, pilares de la época arcaica, autores como Esquilo, Sófocles,
Eurípides, Aristófanes y Tucídides aportaron testimonios invaluables sobre los aspectos cotidianos y
las aspiraciones pedagógicas que definieron la identidad helénica (Espinosa, 2007).
La conformación del Estado ateniense: El nacimiento de la educación pública
Históricamente, la educación en la antigua Grecia fue un privilegio exclusivo de la aristocracia, donde
los sofistas actuaban como los encargados de instruir a las esferas nobles a cambio de remuneración.
Sin embargo, este modelo encontró un punto de inflexión en la figura de Sócrates. A través de la ironía
y la mayéutica, Sócrates desafió el control social de las élites al buscar una verdad intrínseca en cada
individuo. Su método, gratuito y ejercido en las plazas públicas, fomentó en los jóvenes un espíritu
crítico y cuestionador que el gobierno de la época calificó de rebeldía. Al enseñar a la ciudadanía a
"pensar" y plantearse preguntas, Sócrates sentó las bases de una educación concebida como un bien
público y universal.
Con la consolidación de la democracia, surgió la necesidad de un sistema educativo que sustituyera la
antigua areté aristocrática por ideales ciudadanos. Fue en este momento cuando la iniciativa privada
cedió terreno ante la pública, extendiendo la formación a todo ciudadano libre. De esta transición
emergió el concepto de Paideia, entendido como el mecanismo para superar los privilegios de clase y
democratizar el conocimiento (Espinosa, 2007).
La Polis y el rol del Estado en la formación del individuo
En este contexto, la Polis entendida como la organización social y política asumió la
responsabilidad de proponer y ejecutar las leyes que garantizan el orden y el desarrollo. Filósofos como
Platón propusieron que la educación debe ser una atribución exclusiva del Estado; para él, los hijos de
los ciudadanos pasan a ser responsabilidad de la comunidad política para asegurar una formación
alineada con el Bien Común. Esta visión ha permeado hasta la actualidad, fundamentando el papel del
Estado moderno en la provisión de escenarios y actores para la educación pública.
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Desde su perspectiva política, Platón estableció una analogía entre el Estado y el alma humana. Según
su sistema, el Estado es una "persona moral" compuesta por tres estamentos que deben sujetarse a la
razón:
La parte racional: Integrada por los filósofos (gobernantes).
La parte irascible: Representada por los hombres de armas (guardianes).
La parte concupiscible: Conformada por productores y comerciantes.
Bajo este esquema, el fin último de la educación es construir un Estado perfecto, formando gobernantes
capaces de dominar sus pasiones y alcanzar la verdad (Chacón, 2012).
Por su parte, Aristóteles complementó esta visión al definir al ser humano como un Zoon Politikón o
animal político. Para el estagirita, la convivencia en sociedad no es accidental, sino vital. La polis surge
como una comunidad política necesaria donde el ser humano, al desarrollar un código moral y vivir
bajo la ley, alcanza su verdadera estatura humana. Así, la educación se convierte en el vehículo
indispensable para que el individuo participe activamente en la vida de la comunidad y garantice la
coexistencia social (Espinosa, 2007).
La formación integral: Entre la virtud política y la trascendencia del alma
Bajo este modelo de Estado, Aristóteles planteó que la educación debe ser, ante todo, una
responsabilidad pública y uniforme. Para el estagirita, el sistema educativo no debe ser un asunto de
iniciativa privada, sino un proyecto común, dado que todos los ciudadanos pertenecen a la polis. En
este sentido, propuso una formación integral que abarca tres dimensiones fundamentales: la sica,
mediante la gimnasia para fortalecer el cuerpo; la moral, para la forja del carácter y la virtud; y la
intelectual, destinada al cultivo de la razón. Esta estructura busca que el individuo no solo sobreviva,
sino que aprenda a vivir bien dentro del marco social.
Por otro lado, la propuesta de Platón añade una profundidad antropológica esencial al proceso educador,
influenciada por las corrientes del orfismo. Para Platón, el ser humano es una dualidad compuesta por
un cuerpo material (soma) y un alma divina y eterna (psyche). Desde esta perspectiva, la educación se
entiende como un proceso de "desalienación" o liberación: el alma, que se encuentra atrapada en las
limitaciones del mundo sensible y las pasiones del cuerpo, debe ser guiada hacia el conocimiento de las
verdades eternas. Así, el acto de educar trasciende lo meramente instructivo para convertirse en una
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medicina para el alma, permitiendo que el individuo se desprenda de lo material y alcance la verdadera
virtud a través de la razón.
Conclusión del ideal griego: El hombre como síntesis del proceso educador
En última instancia, la educación griega no se limitó a la transmisión de conocimientos técnicos o
políticos, sino que representó el primer esfuerzo sistemático por desentrañar la esencia humana. La
transición de la areté aristocrática a la paideia democrática demuestra que el estudio del hombre ha
estado siempre ligado a su capacidad de ser moldeado por la cultura. Como hemos visto, desde la
dualidad platónica hasta el realismo aristotélico, el pensamiento griego estableció que el ser humano es
una entidad inacabada que solo alcanza su plenitud mediante el aprendizaje consciente y el ejercicio de
la razón.
Este legado nos obliga a desplazar ahora el enfoque de las instituciones hacia el sujeto mismo. Al cerrar
este recorrido histórico, queda claro que para comprender la educación actual es necesario volver a la
pregunta fundamental: ¿q es el hombre? Este interrogante nos aleja de la cronología de las
civilizaciones para adentrarnos plenamente en la antropología pedagógica, donde el ser humano deja de
ser un simple espectador de la historia para convertirse en el objeto central de estudio; un ser definido
por su racionalidad, su adaptabilidad y su incesante búsqueda de significado en el mundo.
El estudio del hombre desde la pluralidad científica y filosófica
“El enfoque empírico-positivo se ha desarrollado específicamente en otros campos científicos, como la
antropología de la educación, la antropología cognitiva, la antropología lingüística, antropología
política, etc.” (Pérez, 2011, pág. 36). Esta diversificación del saber nos permite diseccionar la
complejidad humana desde ángulos especializados, pero a su vez, nos obliga a buscar una síntesis que
unifique al sujeto. Para lograrlo, es necesario entrelazar tres dimensiones fundamentales:
En primer lugar, la antropología biológica se nutre de estos campos científicos para situar al hombre
como un organismo evolutivo. Desde esta perspectiva, somos el resultado de una adaptabilidad
biológica y cognitiva que nos permite procesar el lenguaje y organizarnos políticamente. Sin embargo,
lo biológico es solo el soporte; es la "materia" que espera ser moldeada.
En segundo lugar, la antropología filosófica trasciende el dato empírico para cuestionar el sentido de
esas capacidades. Si la antropología cognitiva estudia cómo pensamos, la filosófica se pregunta qué
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significa ser un ser que piensa y que es consciente de su propia finitud. Es la dimensión que analiza
nuestra posición en el cosmos y nuestra libertad frente a los instintos biológicos.
Finalmente, la relación mente-cuerpo en la actualidad unifica estas visiones al superar los antiguos
dualismos. Hoy, gracias a los avances en las neurociencias y la psicología, comprendemos al ser
humano como una unidad psicofísica integral. Lo que sucede en nuestra biología (el cuerpo) afecta
nuestra psique (la mente) y viceversa. En la educación contemporánea, este enfoque es crucial: no se
instruye a un cerebro aislado, sino a una persona completa donde la emoción, la salud física y la
capacidad intelectual operan como un solo sistema.
Esta pluralidad de enfoques científicos nos conduce a una conclusión fundamental sobre nuestra
naturaleza. Como señala el autor, “en este plano gnoseológico, el ser humano queda delimitado dentro
del género animal por la racionalidad humana como diferenciación específica” (Pérez, 2011, pág. 36).
Esta distinción no es solo un rasgo intelectual, sino la facultad que nos permite integrar nuestras
dimensiones biológica, filosófica y psicofísica en una identidad única y operativa.
Esta condición nos coloca en la cúspide de la supervivencia: como seres racionales, no solo
reaccionamos al entorno, sino que usamos el pensamiento y el lenguaje para el progreso y la evolución.
A diferencia de otras especies, cuya subsistencia depende de instintos rígidos o defensas biológicas
limitadas, el ser humano posee una plasticidad cerebral que le permite transformar el medio ambiente
en lugar de solo adaptarse a él. Estar en esta "cúspide" implica que nuestra mayor herramienta de
defensa no es la fuerza física, sino la capacidad de anticipar problemas, diseñar herramientas complejas
y, sobre todo, transmitir ese conocimiento a través del tiempo.
“En síntesis por la educación, se lleva a cabo la modulación cultural de lo biológico. Y también, gracias
a la educación, aumentan sus posibilidades de creación, argumentación y crítica, de individualización
y desarrollo personal, en un proceso que dura toda la vida, y es a su vez generador de cultura” (Pérez,
2011, pág. 39). Es el elemento que faculta al ser humano para dejar de ser un simple organismo
biológico y convertirse en un sujeto capaz de crear arte, leyes y ciencia. Sin embargo, esta posición
privilegiada es frágil: depende enteramente de la educación. Si el proceso de transmisión cultural se
detuviera, el ser humano perdería la ventaja competitiva que su "diferenciación específica" le otorga,
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regresando a un estado de vulnerabilidad biológica. Por ello, la educación es la garantía de que la
racionalidad siga operando como nuestra principal estrategia de vida.
Hacia una síntesis del fenómeno humano: El ser como proyecto inacabado
Al analizar la trayectoria que nos ha llevado desde la racionalidad como diferenciación específica hasta
la cúspide de la supervivencia, queda claro que el ser humano no es una entidad estática, sino un
proyecto en constante construcción. La biología nos proporciona el equipo necesario, pero es la cultura,
mediada por la educación, la que determina el alcance de nuestras capacidades. En la actualidad, esta
síntesis se manifiesta en nuestra habilidad para integrar las herramientas tecnológicas como las TIC
no solo como prótesis externas, sino como extensiones de nuestra propia capacidad cognitiva y
relacional.
Este estudio del hombre nos revela que nuestra naturaleza es, paradójicamente, la plasticidad. Somos el
único animal capaz de reflexionar sobre su propia biología y de cuestionar sus propios sistemas de
pensamiento. Por tanto, el estudio del hombre no concluye con una definición cerrada, sino con el
reconocimiento de que somos seres que habitan simultáneamente en el plano de lo orgánico, lo psíquico
y lo social. Esta tridimensionalidad es la que permite que, a pesar de nuestras limitaciones físicas,
sigamos expandiendo las fronteras de lo posible a través del conocimiento.
Con esta visión integral del sujeto racional, biológico y cultural, estamos listos para extraer las
conclusiones definitivas de este recorrido. Entendemos ahora que educar no es solo transmitir datos,
sino asegurar la continuidad de nuestra especie en esa cúspide evolutiva, dotando a cada individuo de
las herramientas para ser, en palabras de los clásicos, un verdadero arquitecto de su propia humanidad.
CONCLUSIONES
La educación como esencia de lo humano
A lo largo de este análisis, hemos trazado un arco que une el pensamiento clásico con las exigencias
científicas de la actualidad, permitiéndonos llegar a las siguientes consideraciones finales:
La educación como proceso consciente: El legado de los sofistas y Sócrates nos enseñó que la
educación no es un accidente, sino un proceso intencional. La transición de la instrucción aristocrática
a la Paideia democrática marcó el nacimiento del ciudadano; hoy entendemos que esa "formalización"
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de la enseñanza es lo que permite que el individuo trascienda su entorno inmediato y participe
activamente en la construcción de la sociedad.
La racionalidad como motor evolutivo: Siguiendo el plano gnoseológico propuesto por Pérez (2011),
la racionalidad es nuestra "diferenciación específica". Esta capacidad es la que nos sitúa en la cúspide
de la supervivencia, permitiendo que el ser humano no solo habite el mundo, sino que lo transforme a
través del lenguaje, la técnica y el pensamiento crítico. Sin la educación, esta racionalidad quedaría
latente, privando a la especie de su mayor ventaja competitiva.
La superación del dualismo: Las visiones de Platón y Aristóteles, aunque divergentes, sentaron las
bases para comprender que el hombre es una unidad compleja. Las conclusiones actuales de la
antropología biológica y filosófica coinciden en que somos una unidad psicofísica. No podemos educar
la mente ignorando el cuerpo, ni entender la biología sin atender a la psique. El éxito de la pedagogía
moderna reside en tratar al ser humano como un ser integral y tridimensional.
El hombre como proyecto inacabado: Finalmente, se concluye que la educación es la "segunda
naturaleza" del hombre. Al ser un animal con plasticidad cerebral y apertura al mundo, el ser humano
nunca está "terminado". La educación es el mecanismo que garantiza la modulación cultural de nuestra
biología, asegurando que el progreso acumulado por generaciones no se pierda y que cada individuo
tenga la oportunidad de alcanzar su propia plenitud o eudaimonía
REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS
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Pérez, P. M. (2011). Antropología: contribución al estudio de la educación. Revista Portuguesa de
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