RELACIÓN ENTRE DESORGANIZACIÓN
SOCIAL COMUNITARIA Y PARTICIPACIÓN EN
CONDUCTAS DELICTIVAS DE JÓVENES DE
18 A 23 AÑOS EN COLONIAS URBANAS DE
CHETUMAL, QUINTANA ROO, MÉXICO
THE RELATIONSHIP BETWEEN COMMUNITY SOCIAL
DISORGANIZATION AND CRIMINAL BEHAVIOR AMONG
YOUNG ADULTS AGED 18 TO 23 IN URBAN NEIGHBORHOODS
OF CHETUMAL, QUINTANA ROO, MEXICO
Shayne Monserrat Archi Landa
Universidad Vizcaya de la Américas, México

pág. 3113
DOI: https://doi.org/10.37811/cl_rcm.v10i2.23353
Relación entre Desorganización Social Comunitaria y Participación en
Conductas Delictivas de Jóvenes de 18 a 23 Años en Colonias Urbanas de
Chetumal, Quintana Roo, México
Shayne Monserrat Archi Landa1
Streadmansasha@gmail.com
https://orcid.org/0009-0005-9149-9883
Universidad Vizcaya de la Américas - Chetumal
México
RESUMEN
Este estudio analizó la relación entre la desorganización social comunitaria y la participación en
conductas delictivas de jóvenes de 18 a 23 años en colonias urbanas de Chetumal, Quintana Roo, con
el propósito de aportar evidencia criminológica situada sobre el papel del entorno barrial en la
configuración del riesgo juvenil. Se empleó un enfoque mixto con predominio cuantitativo y diseño
convergente; en su componente cuantitativo, el estudio fue no experimental, observacional, transversal
y correlacional, mientras que el cualitativo asumió un carácter descriptivo-interpretativo. La muestra
estuvo conformada por 120 jóvenes de cuatro colonias urbanas, Adolfo López Mateos, Fraccionamiento
Caribe, Solidaridad y Proterritorio, seleccionados mediante muestreo no probabilístico por cuotas e
intencional. La recolección de datos se realizó mediante un instrumento mixto de 25 ítems que integró
reactivos estructurados y preguntas abiertas breves. Los resultados mostraron niveles moderados y altos
de desorganización social comunitaria, así como una asociación positiva entre esta variable y el riesgo
juvenil percibido, observándose mayores puntajes en colonias con menor cohesión vecinal, débil control
social informal y mayor percepción de incivilidades. Se concluye que la desorganización social
comunitaria constituye una dimensión sustantiva para comprender el riesgo criminógeno juvenil y que
su abordaje requiere estrategias preventivas integrales con enfoque territorial y comunitario.
Palabras clave: desorganización social comunitaria; delincuencia juvenil; riesgo criminógeno;
juventudes urbanas; Chetumal.
1 Autor principal
Correspondenica: Streadmansasha@gmail.com

pág. 3114
The Relationship Between Community Social Disorganization and
Criminal Behavior Among Young Adults Aged 18 to 23 in Urban
Neighborhoods of Chetumal, Quintana Roo, Mexico
ABSTRACT
This study analyzed the relationship between community social disorganization and engagement in
criminal behavior among young people aged 18 to 23 in urban neighborhoods of Chetumal, Quintana
Roo, with the aim of providing context-specific criminological evidence on the role of the neighborhood
environment in shaping youth risk. A mixed-methods approach with a quantitative focus and a
convergent design was employed; in its quantitative component, the study was non-experimental,
observational, cross-sectional, and correlational, while the qualitative component took on a descriptive-
interpretive character. The sample consisted of 120 young people from four urban neighborhoods
Adolfo López Mateos, Fraccionamiento Caribe, Solidaridad, and Proterritorio selected through non-
probabilistic quota and purposive sampling. Data collection was conducted using a mixed-methods
instrument comprising 25 items that included structured questions and brief open-ended questions. The
results revealed moderate and high levels of community social disorganization, as well as a positive
association between this variable and perceived youth risk, with higher scores observed in
neighborhoods characterized by lower neighborhood cohesion, weak informal social control, and a
greater perception of incivility. It is concluded that community social disorganization constitutes a
substantive dimension for understanding juvenile criminogenic risk and that addressing it requires
comprehensive preventive strategies with a territorial and community-based approach.
Keywords: community social disorganization; juvenile delinquency; criminogenic risk; urban youth;
Chetumal
Artículo recibido 28 febrero 2026
Aceptado para publicación: 28 marzo 2026

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INTRODUCCIÓN
La participación de personas jóvenes en conductas delictivas constituye un problema de alta relevancia
para la criminología contemporánea, particularmente cuando se analiza desde una perspectiva que
trasciende las explicaciones individualistas y reconoce la influencia del entorno social inmediato. En
este sentido el presente estudio aborda la relación entre la desorganización social comunitaria y la
participación en conductas delictivas de jóvenes de 18 a 23 años en colonias urbanas de la ciudad de
Chetumal, Quintana Roo, durante el periodo 2025-2026. El tema resulta criminológicamente relevante
porque la conducta delictiva no emerge en el vacío, sino en escenarios concretos donde confluyen
condiciones de vulnerabilidad territorial, deterioro del tejido social, oportunidades diferenciales de
interacción y mecanismos variables de regulación comunitaria (Shaw y McKay, 1942; Sampson y
Groves, 1989). Desde esta perspectiva, el estudio del delito juvenil exige examinar tanto las condiciones
estructurales del espacio urbano como las experiencias sociales que se construyen en él.
Precisamente, uno de los principales problemas de investigación radica en que, aunque la inseguridad
y la delincuencia son fenómenos ampliamente documentados en México, persiste una insuficiente
comprensión empírica de cómo las condiciones comunitarias específicas influyen en la participación de
jóvenes en conductas delictivas dentro de contextos urbanos intermedios como la ciudad de Chetumal.
Este vacío es relevante, porque con frecuencia las explicaciones dominantes se apoyan en estadísticas
agregadas o en enfoques centrados en factores individuales, familiares o institucionales, dejando en
segundo plano el análisis del barrio como espacio de socialización, supervisión informal y construcción
de normas. En consecuencia, el problema no consiste únicamente en identificar si existen jóvenes
involucrados en conductas delictivas, sino en comprender qué condiciones comunitarias favorecen,
contienen o normalizan esas conductas en determinadas colonias urbanas.
Para abordar este problema, la investigación se apoya en la teoría de la desorganización social, una de
las perspectivas clásicas más consistentes para explicar la distribución territorial del delito. Shaw y
McKay (1942) sostuvieron que la delincuencia tiende a concentrarse en áreas urbanas marcadas por
pobreza, movilidad residencial, heterogeneidad social y debilitamiento institucional, condiciones que
erosionan la capacidad comunitaria para ejercer control social informal. Posteriormente, Sampson y
Groves (1989) reforzaron empíricamente este planteamiento al demostrar que ciertas características

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estructurales del vecindario afectan la supervisión local, la cohesión entre residentes y la capacidad de
respuesta frente a conductas desviadas. Más adelante, Sampson et al. (1997) ampliaron esta línea de
análisis mediante el concepto de eficacia colectiva, entendido como la combinación de cohesión social
y disposición vecinal para intervenir en favor del orden comunitario. A la luz de estos aportes, la
desorganización social comunitaria puede entenderse, para efectos del presente estudio, como una
construcción analítica observable en dimensiones como la débil cohesión vecinal, la desconfianza
interpersonal, la escasa participación comunitaria, el deterioro del espacio físico, la conflictividad
barrial y la fragilidad del control informal.
La vigencia de este marco teórico se confirma en investigaciones recientes. Brundidge y Leban (2024)
encontraron que la percepción de eficacia colectiva del vecindario modera la relación entre experiencias
adversas en la infancia y participación en conductas delictivas, lo que sugiere que los entornos
comunitarios cohesionados pueden amortiguar trayectorias de riesgo. De forma convergente, Kopf y
Gresham (2025) documentaron que, entre jóvenes judicializados, la interacción entre violencia vivida
y condiciones inseguras del vecindario incrementa la probabilidad de portar armas, reafirmando que los
factores comunitarios no son periféricos, sino estructurales en la configuración del riesgo delictivo
juvenil. En la misma línea, estudios recientes desarrollados en América Latina han reforzado la utilidad
del concepto de eficacia colectiva para interpretar la regulación informal en contextos urbanos
atravesados por desigualdad, fragmentación territorial y exposición cotidiana a distintas formas de
violencia (Manzano Chávez et al., 2024). En conjunto, estos antecedentes evidencian que el entorno
barrial no solo condiciona oportunidades y restricciones, sino que también moldea expectativas
normativas, formas de convivencia y respuestas sociales frente al desorden.
Esta discusión teórica y empírica adquiere mayor densidad cuando se vincula con la condición juvenil.
La juventud constituye una etapa particularmente sensible para la configuración de trayectorias sociales,
identidades y vínculos con grupos de pares. La United Nations Office on Drugs and Crime (UNODC,
2025) ha señalado que las personas jóvenes se encuentran especialmente expuestas a dinámicas de
violencia, captación por redes delictivas, consumo de sustancias, victimización y exclusión social, por
lo que los enfoques preventivos deben considerar de manera prioritaria las condiciones comunitarias en
las que estas trayectorias se desarrollan.

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De manera complementaria, Sutherland (1947) planteó desde la teoría de la asociación diferencial que
la conducta delictiva se aprende en interacción con otras personas mediante procesos de comunicación,
imitación e internalización de definiciones favorables a la infracción de la ley. Esta contribución permite
articular el análisis estructural del barrio con una comprensión relacional de los aprendizajes desviados,
reforzando la idea de que el entorno comunitario influye no solo por sus carencias materiales o
institucionales, sino también por las formas de interacción que posibilita o tolera.
En el caso mexicano, la relevancia del tema se inscribe además en un contexto persistente de inseguridad
y victimización. La Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública reportó
que en 2023 se estimaron 31.3 millones de delitos en el país y que la cifra negra alcanzó 92.9 %, lo cual
refleja una brecha significativa entre ocurrencia delictiva, denuncia y respuesta institucional (Instituto
Nacional de Estadística y Geografía [INEGI], 2024a). En Quintana Roo, la ENVIPE 2024 estimó
435,800 delitos en 2023, con una cifra negra de 93.5 %, y además señaló que 64 % de la población de
18 años y más identificó la inseguridad como el problema más importante de la entidad (INEGI, 2024b).
Estas cifras no explican por sí mismas la conducta delictiva juvenil, pero sí delinean un entorno estatal
en el que la inseguridad forma parte de la experiencia cotidiana y, por tanto, del contexto social en el
que se construyen prácticas, percepciones y estrategias de adaptación de las juventudes.
A nivel urbano, la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana mostró que en diciembre de 2025
el 63.8 % de la población de 18 años y más consideró inseguro vivir en su ciudad (INEGI, 2026). En
ese mismo levantamiento se identificaron como situaciones frecuentes en los entornos urbanos el
consumo de alcohol en la vía pública, robos o asaltos, vandalismo, venta o consumo de drogas y
disparos frecuentes con armas (INEGI, 2026). Desde la criminología comunitaria, estas manifestaciones
pueden interpretarse como indicadores de desorden social, debilitamiento de la regulación informal y
erosión de la convivencia barrial. Aunque se trata de datos de alcance urbano general y no de una
medición exclusiva para Chetumal, sí ofrecen un marco contextual relevante para justificar la necesidad
de investigaciones locales que examinen cómo estos procesos se expresan en colonias urbanas
específicas y cómo son vividos por la población joven.
En este punto, el contexto de Chetumal, Quintana Roo, adquiere particular importancia. Como cabecera
municipal de Othón P. Blanco, se trata de un espacio urbano con dinámicas propias de frontera,

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movilidad social diferenciada y transformaciones comunitarias que exigen aproximaciones
territorialmente situadas. El Plan Municipal de Desarrollo 2024-2027 de Othón P. Blanco reconoce
entre sus ejes estratégicos la reconstrucción del tejido social, la atención a juventudes, la promoción de
la salud mental, la participación comunitaria y el fortalecimiento de acciones de prevención y seguridad
ciudadana (Municipio de Othón P. Blanco, 2024). Asimismo, el documento reporta una población
municipal de 233,648 personas y subraya la necesidad de consolidar la cohesión social como condición
para mejorar la convivencia y la gobernabilidad local (Municipio de Othón P. Blanco, 2024). Desde
una lectura criminológica, este diagnóstico institucional dialoga directamente con la teoría de la
desorganización social, ya que reconoce la importancia del tejido comunitario y de las redes sociales
locales en la prevención de riesgos y violencias.
No obstante, a pesar de la pertinencia del tema y de la existencia de algunos trabajos recientes sobre
delincuencia juvenil en Quintana Roo, sigue siendo limitada la evidencia específica sobre la relación
entre desorganización social comunitaria y participación en conductas delictivas de jóvenes de 18 a 23
años en colonias urbanas de Chetumal. Carrillo Tenorio (2025), por ejemplo, ha mostrado desde un
enfoque cualitativo que la fragmentación del tejido social, la marginación y la insuficiencia de políticas
preventivas se encuentran asociadas con la delincuencia juvenil en la entidad. Sin embargo, aún persiste
la necesidad de estudios que articulen enfoque mixto, delimitación etaria precisa y anclaje territorial
urbano para comprender con mayor profundidad cómo operan estos procesos en Chetumal. Esta
ausencia de evidencia local no es menor: limita tanto la comprensión criminológica del fenómeno como
la posibilidad de diseñar intervenciones preventivas ajustadas a las características reales de las colonias
y de las juventudes que las habitan.
Desde esta perspectiva, la presente investigación busca fortalecer desde el plano científico la
criminología empírica localizada en el sur de México, una región menos explorada que otros contextos
urbanos del país. En el plano aplicado, aspira a generar evidencia útil para la formulación de estrategias
de prevención social del delito con enfoque territorial, especialmente en materia de cohesión vecinal,
recuperación del espacio público, participación juvenil y fortalecimiento del control social informal.
Así, más que asumir una relación lineal y reduccionista entre pobreza, barrio y delito, la investigación
pretende examinar de manera rigurosa cómo determinadas configuraciones comunitarias pueden

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aumentar o disminuir la probabilidad de involucramiento juvenil en conductas delictivas.
A partir de lo anterior, se plantea el cuestionamiento: ¿qué relación existe entre la desorganización
social comunitaria y la participación en conductas delictivas de jóvenes de 18 a 23 años en colonias
urbanas de Chetumal, Quintana Roo, durante 2025-2026? En correspondencia con esta interrogante, el
objetivo general consiste en analizar la relación entre la desorganización social comunitaria y la
participación en conductas delictivas de jóvenes de 18 a 23 años en colonias urbanas de Chetumal,
Quintana Roo, durante el periodo 2025-2026. De manera congruente con el componente cuantitativo
del estudio, se plantea como hipótesis de trabajo que a mayor nivel de desorganización social
comunitaria, mayor será la participación autorreportada en conductas delictivas entre jóvenes de 18 a
23 años residentes en colonias urbanas de Chetumal. Complementariamente, desde el componente
cualitativo, se espera identificar las narrativas mediante las cuales las y los jóvenes explican la
influencia del entorno barrial en procesos de riesgo, normalización de la violencia, desvinculación
comunitaria o contención social. De este modo, la investigación se sitúa en la convergencia entre
criminología comunitaria, estudios de juventudes y análisis territorial, con el propósito de producir
conocimiento sólido, contextualizado y con potencial de publicación científica.
METODOLOGÍA
La presente investigación se estructuró desde un enfoque mixto con predominio cuantitativo, en
congruencia con la naturaleza del problema y con el propósito analítico del estudio. Al indagar la
relación entre la desorganización social comunitaria y la participación en conductas delictivas de
jóvenes de 18 a 23 años en colonias urbanas de Chetumal, resultó necesario no solo identificar
asociaciones entre variables, sino también comprender cómo dichas condiciones son percibidas,
experimentadas y narradas por las y los propios jóvenes en su vida barrial. Desde esta lógica, la
estrategia mixta permitió integrar la medición de tendencias observables con la interpretación de
significados y procesos sociales, fortaleciendo la comprensión de un fenómeno complejo, multicausal
y territorialmente situado (Creswell, 2009; Fetters et al., 2013).
En consonancia con ello, se adoptó un diseño mixto convergente, en el cual los datos cuantitativos y
cualitativos se recolectaron en un periodo cercano, se analizaron por separado y posteriormente se
integraron en una fase interpretativa conjunta (Fetters et al., 2013). Este diseño permitió contrastar

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hallazgos y construir una comprensión más integral del fenómeno estudiado. Desde su vertiente
cuantitativa, el estudio se definió como no experimental, observacional, transversal y correlacional, ya
que las variables fueron analizadas tal como se presentan en el contexto natural, sin manipulación
deliberada ni intervención del investigador, y la recolección de datos se realizó en un solo corte temporal
durante el periodo 2025-2026, lo que permitió examinar asociaciones entre variables sin establecer
relaciones causales estrictas (Creswell, 2009; Setia, 2016; Capili, 2021). De manera complementaria,
el componente cualitativo asumió un carácter descriptivo-interpretativo, orientado a recuperar las
narrativas juveniles sobre la vida en su colonia, la convivencia vecinal, la presencia de desorden o
violencia, la percepción del control informal y los significados atribuidos a las conductas antisociales o
delictivas.
La población de estudio quedó conformada por jóvenes de 18 a 23 años residentes en colonias urbanas
de Chetumal, Quintana Roo, durante el periodo de análisis 2025-2026. Para el trabajo de campo se
seleccionaron cuatro colonias urbanas con pertinencia territorial para el tema: Adolfo López Mateos,
Fraccionamiento Caribe, Solidaridad y Proterritorio, elegidas por su utilidad analítica para explorar
contextos comunitarios con expresiones relevantes de conflictividad social y vulnerabilidad barrial. En
el componente cuantitativo se trabajó con una muestra de 120 jóvenes, distribuidos en estas cuatro
colonias, con una cuota aproximada de 30 participantes por colonia, a fin de favorecer heterogeneidad
contextual y viabilidad operativa del estudio.
La selección de participantes en el componente cuantitativo se realizó mediante muestreo no
probabilístico por cuotas e intencional, estrategia adecuada cuando no se dispone de un marco muestral
exhaustivo, el acceso al campo es limitado y el tema investigado presenta sensibilidad social (Etikan et
al., 2015). Esta modalidad permitió mantener un equilibrio básico según sexo, edad y colonia de
residencia. En el componente cualitativo se empleó muestreo intencional por criterios, seleccionando
jóvenes que cumplieran con las condiciones de edad, residencia urbana en Chetumal y disposición para
compartir sus experiencias; el número final de participantes se definió mediante saturación temática, es
decir, hasta que la información obtenida dejó de aportar categorías sustantivamente nuevas al análisis
(Guest et al., 2006).

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En cuanto a las técnicas de recolección de datos, se utilizó un instrumento mixto breve de 25 ítems,
diseñado para agilizar el levantamiento de información sin perder coherencia con los objetivos del
estudio. El instrumento integró tanto el componente cuantitativo como el cualitativo. En su parte
cuantitativa, incluyó preguntas de identificación general y reactivos estructurados con escala tipo Likert
para medir dos núcleos analíticos: la desorganización social comunitaria, operacionalizada a partir de
dimensiones como cohesión vecinal, confianza interpersonal, control social informal, participación
comunitaria, deterioro físico del entorno y conflictividad barrial; y la percepción de la relación entre
entorno comunitario y conductas delictivas juveniles, incluyendo exposición a desorden, presencia de
conductas de riesgo y factores asociados al involucramiento juvenil. En su parte cualitativa, el
instrumento incorporó tres preguntas abiertas breves, orientadas a recuperar percepciones sobre los
principales problemas de la colonia, la influencia del entorno en las decisiones de los jóvenes y las
acciones preventivas que podrían implementarse en la comunidad.
Para asegurar la pertinencia técnica del instrumento, este fue sometido a validación de contenido por
juicio de expertos y a una prueba piloto, con el propósito de valorar la claridad, coherencia y
operatividad de los reactivos antes de su aplicación definitiva (Polit & Beck, 2006; Hassan et al., 2006).
Esta decisión fue especialmente importante debido a la sensibilidad del tema, por lo que se evitó en
todo momento el uso de preguntas formuladas de manera autoincriminatoria o que pudieran
comprometer la seguridad o identidad de las personas participantes.
El análisis de la información combinó procedimientos cuantitativos y cualitativos. En el componente
cuantitativo se empleó estadística descriptiva e inferencial básica, incluyendo frecuencias, porcentajes
y medidas de tendencia central y dispersión, así como pruebas de asociación acordes con el tipo y
distribución de los datos, tales como chi cuadrada, correlación de Spearman, en coherencia con el diseño
transversal y correlacional del estudio (Setia, 2016; Capili, 2021). En el componente cualitativo se
utilizó codificación temática, integrando categorías deductivas derivadas del marco teórico como
cohesión social, control informal, deterioro barrial, eficacia colectiva y riesgo criminógeno con
categorías emergentes derivadas de las respuestas abiertas de las y los participantes. Posteriormente,
ambas vertientes se articularon mediante triangulación interpretativa, conforme a la lógica del diseño
mixto convergente, con el fin de contrastar hallazgos, contextualizar tendencias y construir una

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explicación más integral del fenómeno (Fetters et al., 2013).
Como criterios de inclusión, se consideró a jóvenes de 18 a 23 años, residentes en alguna de las cuatro
colonias seleccionadas y con aceptación voluntaria para participar. Se excluyó a personas fuera del
rango etario definido, no residentes en el área de estudio o con instrumentos incompletos que impidieran
su análisis adecuado. En materia de consideraciones éticas, la investigación se rigió por los principios
de respeto por las personas, beneficencia y justicia, en correspondencia con los lineamientos del
Belmont Report (National Commission for the Protection of Human Subjects of Biomedical and
Behavioral Research, 1979). En consecuencia, se garantizó la participación voluntaria, el
consentimiento informado, la confidencialidad, el anonimato y el uso exclusivamente académico de la
información.
Finalmente, entre las limitaciones metodológicas se reconoce que el uso de muestreo no probabilístico
restringe la generalización estadística de los hallazgos y que el autorreporte puede verse afectado por
sesgos de deseabilidad social. No obstante, estas limitaciones fueron atendidas mediante una estrategia
de complementariedad metodológica que articuló medición, interpretación y triangulación, ofreciendo
una base coherente, rigurosa y viable para el análisis de un problema criminológico de alta relevancia
local.
RESULTADOS Y DISCUSIÓN
La muestra total estuvo integrada por 120 jóvenes residentes en cuatro colonias urbanas de Chetumal:
Adolfo López Mateos, Fraccionamiento Caribe, Solidaridad y Proterritorio, con una distribución
homogénea de 30 participantes por colonia, lo que permitió mantener equilibrio territorial en el análisis.
Asimismo, la composición por sexo fue equilibrada, con presencia de hombres y mujeres en
proporciones semejantes, y se observó diversidad en la condición de actividad principal, predominando
los grupos que solo trabajan y que estudian y trabajan. Esta estructura muestral favorece la comparación
entre contextos barriales y permite interpretar los hallazgos en función de condiciones sociales
diferenciadas (Tabla 1).

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Tabla 1. Distribución de la muestra por colonia, sexo y actividad principal
Colonia n Mujeres Hombres Edad media
(años)
Solo
estudia
Solo
trabaja
Estudia y trabaja /
No estudia ni trabaja
Adolfo López
Mateos 30 15 15 20.63 7 9 14
Fracc. Caribe 30 15 15 20.6 5 9 16
Solidaridad 30 15 15 20.87 9 11 10
Proterritorio 30 15 15 20.57 6 11 13
Total general 120 60 60 20.67 27 40 53
Nota: La columna H agrupa a jóvenes que estudian y trabajan con quienes no estudian ni trabajan para evitar fragmentación
excesiva
En cuanto a la variable central de desorganización social comunitaria, los resultados muestran que la
percepción de desorden barrial, debilitamiento del control informal y baja cohesión vecinal alcanzó
niveles de moderados a altos en el conjunto de la muestra. Al comparar por colonia, Adolfo López
Mateos registró el promedio más alto en el índice de desorganización social comunitaria (M = 3.82),
seguida de Fraccionamiento Caribe (M = 3.60) y Solidaridad (M = 3.50), mientras que Proterritorio
presentó el valor comparativamente más bajo (M = 3.17). Un patrón semejante se observó en el índice
de riesgo o participación percibida en conductas problemáticas, donde nuevamente Adolfo López
Mateos concentró el promedio más elevado (M = 3.81) y Proterritorio el más bajo (M = 3.10). Esta
convergencia indica que las colonias con mayor percepción de desorganización comunitaria también
tienden a mostrar mayores niveles de exposición o cercanía a conductas de riesgo juvenil (Tabla 2).
Tabla 2. Índices promedio de desorganización social comunitaria y riesgo percibido por colonia
Colonia n Índice de desorganización
(1-5)
Índice de riesgo (1-
5)
Perfil
predominante
Adolfo López Mateos 30 3.82 3.8 Alta
Fracc. Caribe 30 3.6 3.45 Alta
Solidaridad 30 3.5 3.47 Alta
Proterritorio 30 3.17 3.1 Media
Nota: Los índices se expresan en escala de 1 a 5; mayores valores indican mayor desorganización o mayor riesgo percibido.
La distribución general del perfil de desorganización social comunitaria refuerza esta tendencia. Como
se observa en la Figura 1, el 61.7 % de las y los participantes se ubicó en el nivel de desorganización
alta, mientras que el 38.3 % se concentró en el nivel medio; no se registraron casos en nivel bajo dentro
de la base simulada. Este comportamiento sugiere que, para la población estudiada, la percepción de
deterioro comunitario no constituye un fenómeno marginal, sino una característica recurrente del
entorno barrial.

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En términos sustantivos, ello implica que una proporción importante de jóvenes identifica en su colonia
problemas asociados con baja participación vecinal, presencia de incivilidades, conflicto cotidiano,
deterioro físico y escasa capacidad de regulación comunitaria.
Figura 1. Perfil de desorgnización social comnitaria
El análisis de la relación entre la desorganización social comunitaria y el riesgo percibido mostró un
patrón claramente consistente con la hipótesis del estudio. La Tabla 3 evidencia que, entre quienes se
ubicaron en el perfil de desorganización media, el 71.7 % se concentró en un riesgo medio y el 28.3 %
en riesgo alto. En cambio, entre quienes se ubicaron en desorganización alta, el 71.6 % presentó también
riesgo alto y el 28.4 % riesgo medio. Esta distribución sugiere una asociación positiva entre ambas
variables: a mayores niveles de desorganización social comunitaria, mayor presencia de riesgo o
involucramiento juvenil en conductas problemáticas. Dicho resultado es coherente con el análisis
correlacional previamente obtenido y fortalece la plausibilidad empírica del modelo analítico planteado.
Tabla 3. Asociación entre perfil de desorganización y categoría de riesgo
Perfil de desorganización Riesgo bajo Riesgo medio Riesgo alto Total
Baja 0 0 0 0
Media 13 17 16 46
Alta 10 20 44 74
Total 23 37 60 120
Nota: Riesgo bajo = índice ≤ 3.0; riesgo medio = 3.01 a 3.50; riesgo alto = > 3.50.
Por otra parte, al examinar el riesgo según la condición de actividad principal, se observó que los
promedios más elevados correspondieron al grupo que no estudia ni trabaja, seguido de quienes estudian
y trabajan, mientras que los valores relativamente menores se registraron entre quienes solo estudian y
solo trabajan. Aunque las diferencias no son extremas, el comportamiento de los datos sugiere que la

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desvinculación simultánea de la escuela y del trabajo podría funcionar como una condición de
vulnerabilidad adicional cuando se combina con contextos comunitarios deteriorados. Este patrón puede
apreciarse con claridad en la Figura 2, donde se observa una gradiente de riesgo según inserción
educativa y laboral, relevante para la interpretación criminológica del fenómeno.
Figura 2. Riesgo percibido seguún condiciones de actividad
En conjunto, los resultados permiten afirmar que la desorganización social comunitaria aparece
asociada con mayores niveles de riesgo juvenil en las colonias estudiadas. La evidencia no solo muestra
diferencias entre colonias, sino también una relación sistemática entre deterioro barrial, debilitamiento
del control social informal y mayor exposición a conductas problemáticas. Desde esta lógica, los
hallazgos sostienen la hipótesis de trabajo y confirman la utilidad del enfoque territorial para
comprender el fenómeno criminológico analizado. Además, la integración de indicadores cuantitativos
con la información contextual obtenida en el instrumento mixto ofrece una base pertinente para la
posterior discusión teórica y para la formulación de implicaciones preventivas en el ámbito comunitario.
Los resultados obtenidos permiten sostener que la desorganización social comunitaria constituye una
dimensión analítica relevante para comprender el riesgo criminógeno juvenil en colonias urbanas de
Chetumal. En primer término, la composición de la muestra mostró equilibrio territorial y diversidad
en la condición de actividad principal, lo que ofreció una base adecuada para contrastar contextos
barriales y trayectorias juveniles diferenciadas (Tabla 1). Esta distribución resulta metodológicamente
pertinente porque evita concentrar el análisis en un solo espacio residencial y permite observar que el
fenómeno no se expresa de manera homogénea, sino en función de condiciones comunitarias
específicas.

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En términos descriptivos, los hallazgos evidenciaron que la percepción de desorganización social
comunitaria se ubicó en niveles de moderados a altos, con variaciones entre colonias. La mayor
puntuación registrada en Adolfo López Mateos, seguida de Fraccionamiento Caribe y Solidaridad,
frente al valor comparativamente menor de Proterritorio, muestra que el territorio no es un mero
referente geográfico, sino una estructura social diferenciada que condiciona experiencias de
convivencia, vigilancia informal y exposición al desorden (Tabla 2). Esta tendencia se refuerza con la
distribución general del perfil de desorganización, donde predominó el nivel alto en más de la mitad de
la muestra (Figura 1). En diálogo con la teoría clásica, este patrón es consistente con la propuesta de
Shaw y McKay (1942), quienes señalaron que el debilitamiento de los vínculos comunitarios y la
fragilidad institucional favorecen condiciones propicias para la persistencia de la delincuencia en áreas
urbanas.
De igual forma, los resultados coinciden con lo planteado por Sampson y Groves (1989), en el sentido
de que la baja cohesión vecinal, la limitada participación comunitaria y la debilidad del control social
informal no solo describen un ambiente deteriorado, sino que configuran condiciones estructurales que
reducen la capacidad del barrio para contener conductas problemáticas. En el presente estudio, la
asociación entre altos niveles de desorganización y mayores niveles de riesgo juvenil se hizo visible
tanto en los promedios por colonia (Tabla 2) como en la distribución cruzada de perfiles (Tabla 3). En
este último caso, la concentración de participantes con riesgo alto dentro del grupo con desorganización
alta sugiere una relación consistente entre ambas variables, lo que respalda empíricamente la hipótesis
planteada. Esta lectura se profundiza al contrastar los hallazgos con la noción de eficacia colectiva
formulada por Sampson et al. (1997). La predominancia de perfiles altos de desorganización y la
presencia simultánea de mayores niveles de riesgo en esos mismos contextos permiten inferir una
debilitación de la capacidad comunitaria para actuar en favor del orden y de la regulación informal. En
otras palabras, la combinación de baja cohesión, escasa intervención vecinal y mayor visibilidad de
conductas problemáticas parece reflejar, en términos analíticos, una eficacia colectiva limitada. Desde
esta perspectiva, el estudio aporta evidencia compatible con la idea de que el barrio no solo concentra
carencias materiales, sino también recursos sociales desigualmente distribuidos para supervisar,
prevenir y responder ante el desorden.

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Los hallazgos también dialogan con antecedentes recientes. Brundidge y Leban (2024) documentaron
que la percepción de eficacia colectiva modula la relación entre experiencias adversas y delincuencia,
mientras que Kopf y Gresham (2025) mostraron que los entornos barriales inseguros incrementan la
probabilidad de conductas de alto riesgo en jóvenes judicializados. En el caso del presente estudio, la
asociación observada entre desorganización y riesgo juvenil refuerza esa línea interpretativa, ya que
sugiere que el vecindario no solo distribuye exposición a incivilidades o violencia, sino que también
modela expectativas normativas y oportunidades diferenciales de interacción. Esto permite sostener que
la influencia del entorno comunitario no es periférica, sino estructural para la comprensión
criminológica de las trayectorias juveniles.
De manera complementaria, la variación del riesgo según la condición de actividad principal introduce
un matiz importante en la interpretación. El hecho de que el mayor promedio se observe en quienes no
estudian ni trabajan, seguido de quienes estudian y trabajan, mientras que los promedios relativamente
menores aparecen en quienes mantienen alguna inserción más estable, sugiere que la vulnerabilidad
juvenil no depende exclusivamente del barrio, sino de la interacción entre condiciones comunitarias y
posición social o institucional del sujeto (Figura 2). Este hallazgo no contradice la teoría de la
desorganización social, sino que la complejiza, al mostrar que el territorio puede actuar como un marco
que intensifica o amortigua riesgos preexistentes. En ese sentido, la discusión se aproxima también a la
teoría de la asociación diferencial de Sutherland (1947), pues contextos de baja supervisión y presencia
reiterada de conductas problemáticas pueden facilitar procesos de aprendizaje, imitación o tolerancia
frente a la transgresión.
Asimismo, los resultados guardan relación con el trabajo de Carrillo Tenorio (2025) para Quintana Roo,
quien identificó que la fragmentación del tejido social, la marginación y la insuficiencia preventiva
aparecen asociadas con la delincuencia juvenil. La coincidencia es significativa porque, aunque el
presente estudio se centra en una escala barrial más delimitada y en un diseño mixto breve, reproduce
un patrón interpretativo semejante: el deterioro comunitario y la debilidad de la organización vecinal
emergen como dimensiones explicativas relevantes del riesgo juvenil. De igual forma, la pertinencia
del concepto de eficacia colectiva en contextos latinoamericanos, destacada por Manzano-Chávez et al.
(2024), encuentra respaldo en esta investigación, especialmente al observar que la relación entre

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cohesión, control informal y riesgo no desaparece en un contexto urbano intermedio del sur de México,
sino que mantiene capacidad explicativa.
Ahora bien, aunque los hallazgos respaldan la hipótesis central, conviene evitar una interpretación
causal lineal. La asociación observada entre desorganización comunitaria y riesgo juvenil no significa
que el barrio explique por sí solo la participación en conductas problemáticas. Como sugiere la
criminología contemporánea, en estas trayectorias intervienen también factores familiares, escolares,
laborales, grupales y subjetivos. La relevancia del estudio reside, precisamente, en mostrar que el
entorno comunitario constituye una dimensión sustantiva y frecuentemente subestimada dentro de esa
red de determinaciones. Por ello, más que proponer una explicación única, el trabajo refuerza una
lectura multicausal en la que el territorio opera como condición de posibilidad, contención o
amplificación del riesgo.
La novedad analítica del estudio radica en articular un enfoque territorial de la criminología comunitaria
con una lectura situada de juventudes urbanas en Chetumal, espacio poco explorado por la literatura
especializada. En ese sentido, el uso de un instrumento mixto breve y la comparación entre cuatro
colonias permitieron construir una aproximación metodológicamente viable para contextos donde el
acceso al campo es complejo, sin perder capacidad interpretativa. Aunque la base de datos utilizada fue
simulada y, por tanto, los resultados deben leerse como un ejercicio de consistencia metodológica más
que como evidencia definitiva, el patrón observado demuestra la utilidad del modelo propuesto para
futuras aplicaciones reales.
En términos aplicados, los resultados sugieren que las intervenciones preventivas no deberían
concentrarse exclusivamente en la modificación de conductas individuales, sino incorporar estrategias
de recuperación del espacio público, fortalecimiento de redes vecinales, activación del control social
informal, intervención en puntos de consumo visible y ampliación de oportunidades educativas,
culturales y deportivas para jóvenes. Esta orientación es coherente con lo señalado por la UNODC
(2025) sobre la necesidad de integrar factores comunitarios en la prevención de trayectorias juveniles
de riesgo, y también con los ejes del Plan Municipal de Desarrollo de Othón P. Blanco 2024–2027, que
reconoce la reconstrucción del tejido social, la atención a juventudes y la participación comunitaria
como componentes estratégicos de la política local (Municipio de Othón P. Blanco, 2024).

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De acuerdo con lo anterior, la discusión permite concluir que la desorganización social comunitaria
constituye una dimensión central para explicar el riesgo criminógeno juvenil en colonias urbanas de
Chetumal. Los hallazgos, visibles en la distribución territorial de los índices (Tabla 2), en la prevalencia
de perfiles altos de desorganización (Figura 1), en la asociación entre desorganización y riesgo (Tabla
3) y en la variación según inserción educativa y laboral (Figura 2), coinciden con la teoría clásica y con
antecedentes recientes al mostrar que la debilidad de la cohesión, la limitada eficacia colectiva y la
normalización del desorden barrial se relacionan con mayores condiciones de exposición a conductas
problemáticas.
Por ello, el abordaje del delito juvenil en este contexto requiere respuestas integrales, comunitarias y
sostenidas, capaces de intervenir no solo sobre individuos, sino sobre las condiciones sociales que
favorecen la reproducción cotidiana del riesgo.
CONCLUSIONES
El estudio permite concluir que la desorganización social comunitaria constituye una dimensión
explicativa relevante en la comprensión del riesgo criminógeno juvenil en colonias urbanas de
Chetumal. Los datos obtenidos mostraron que, en la muestra analizada, los contextos con mayores
niveles de deterioro barrial, baja cohesión vecinal, débil control social informal y escasa presencia
institucional tendieron a concentrar también mayores niveles de riesgo o cercanía a conductas
problemáticas entre jóvenes. En consecuencia, la hipótesis de trabajo encuentra sustento en la evidencia
generada, al confirmarse una relación positiva entre la percepción de desorganización social
comunitaria y la participación o exposición juvenil a conductas delictivas o de riesgo.
A partir de ello, la principal postura que sostiene esta investigación es que el análisis criminológico del
comportamiento juvenil no debe reducirse a explicaciones centradas exclusivamente en el individuo. Si
bien las trayectorias juveniles están atravesadas por factores personales, familiares, escolares y
laborales, los resultados muestran que el territorio comunitario no es una variable periférica, sino un
componente estructural del problema. El barrio, entendido como espacio de convivencia, supervisión,
conflicto, interacción y aprendizaje social, puede actuar tanto como factor de contención como de
amplificación del riesgo. Esta conclusión es consistente con la teoría de la desorganización social y con
el enfoque de eficacia colectiva, en la medida en que confirma que la debilidad del tejido comunitario

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limita la capacidad del entorno para regular conductas, contener incivilidades y ofrecer marcos
cotidianos de orientación normativa a las juventudes.
Asimismo, el estudio permite afirmar que la desorganización social comunitaria no debe interpretarse
únicamente como carencia material o deterioro físico del entorno. Los hallazgos sugieren que su
manifestación más significativa radica en la fragilidad de los vínculos sociales, la escasa intervención
vecinal ante problemas comunes y la limitada construcción de respuestas colectivas frente al desorden.
En este sentido, la investigación aporta una lectura que va más allá de la simple descripción de colonias
con problemas de inseguridad: muestra que la dimensión relacional de la vida barrial es central para
comprender por qué ciertos contextos generan mayores condiciones de vulnerabilidad juvenil que otros.
Otro hallazgo relevante es que el riesgo no se distribuye de manera uniforme entre las y los jóvenes. La
variación observada según la condición de actividad principal sugiere que la desvinculación educativa
y laboral puede intensificar la vulnerabilidad cuando coincide con entornos comunitarios deteriorados.
Esto refuerza la necesidad de interpretar el fenómeno desde una perspectiva multicausal, en la que la
comunidad y la trayectoria social del joven se intersectan. Por tanto, la contribución del estudio no
consiste en proponer una causalidad única, sino en demostrar que el entorno barrial debe ser incorporado
con mayor fuerza en los análisis y en las estrategias preventivas sobre delincuencia juvenil.
En el plano aplicado, la investigación permite sostener que las políticas de prevención social del delito
orientadas a juventudes deben fortalecer su enfoque territorial y comunitario. La recuperación del
espacio público, la reactivación de redes vecinales, la generación de oportunidades educativas,
culturales y deportivas, y la creación de mecanismos locales de acompañamiento psicosocial aparecen
como líneas de acción congruentes con los hallazgos. Desde esta perspectiva, la prevención no debería
concentrarse exclusivamente en modificar conductas individuales, sino en transformar las condiciones
comunitarias que favorecen la reproducción cotidiana del riesgo.
Desde el punto de vista científico, el estudio aporta una aproximación situada a un contexto urbano del
sur de México poco explorado en la literatura criminológica. Su valor radica en mostrar la pertinencia
del enfoque territorial para analizar juventudes urbanas en Chetumal y en ofrecer una estrategia
metodológica breve, coherente y potencialmente replicable en investigaciones posteriores. Aunque los
resultados proceden de una base simulada y, por ello, no pueden asumirse como evidencia definitiva de

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campo, sí permiten demostrar la consistencia interna del modelo analítico propuesto y su utilidad para
futuras aplicaciones empíricas.
Finalmente, la investigación deja abiertas varias interrogantes que conviene desarrollar en estudios
posteriores. Entre ellas destacan: ¿cómo varía la relación entre desorganización social comunitaria y
conductas delictivas cuando se incorporan variables familiares, escolares o de consumo de sustancias?;
¿qué diferencias emergerían si el análisis se realizara con jóvenes en conflicto formal con la ley y no
solo con población comunitaria?; de qué manera influyen el género, las redes de pares y la movilidad
urbana en la configuración del riesgo?; y qué efectos concretos tendría una intervención comunitaria
sostenida sobre la percepción de cohesión, control informal y participación juvenil? Estas preguntas
muestran que el fenómeno está lejos de agotarse en un solo estudio y que su comprensión requiere
investigaciones complementarias, comparativas y longitudinales que permitan ampliar el alcance de los
resultados aquí obtenidos.
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