HUÉSPEDES EN LA PIEL: UN CASO DE DELIRIO
DE INFESTACIÓN
GUESTS IN THE SKIN: A CASE OF DELUSIONAL
INFESTATION
Andrea Castelán Vázquez
Hospital General Regional número 36
Amy Jocelyn Mengual Ku
Universidad de las Américas Puebla

pág. 2875
DOI: https://doi.org/10.37811/cl_rcm.v10i4.25314
Preservación uterina en la hemorragia posparto grave: criterios de selección,
límites terapéuticos y predictores de falla del manejo conservador
Andrea Castelán Vázquez1
andreacastelan_94@hotmail.com
https://orcid.org/0009-0001-8130-6858
Hospital General Regional número 36
Amy Jocelyn Mengual Ku
dra.amymengualku@gmail.com
https://orcid.org/0009-0004-1058-9434
Universidad de las Américas Puebla
México
RESUMEN
La hemorragia posparto grave constituye una emergencia obstétrica tiempo-dependiente y una causa
importante de morbimortalidad materna. Aunque la preservación uterina representa un objetivo clínico
relevante, especialmente en pacientes con deseo reproductivo, su intento no debe retrasar el control
definitivo de la hemorragia. El objetivo de esta revisión fue analizar los criterios para seleccionar a las
pacientes candidatas a manejo conservador, las principales intervenciones disponibles, sus límites
terapéuticos y los factores asociados con su fracaso. Se realizó una revisión narrativa crítica de guías
clínicas, consensos internacionales, revisiones sistemáticas y estudios observacionales relacionados con
el tratamiento de la hemorragia posparto grave. Las estrategias conservadoras comprenden el
tratamiento uterotónico, el ácido tranexámico, el taponamiento uterino, las suturas compresivas, la
desvascularización pélvica y la embolización arterial. Su éxito depende de la identificación oportuna de
la etiología, la respuesta temprana, la estabilidad hemodinámica, la corrección simultánea de la
coagulopatía y la disponibilidad de recursos especializados. La persistencia del sangrado, el choque
refractario, el incremento sostenido de los requerimientos transfusionales, la coagulopatía progresiva y
el daño orgánico indican fracaso del manejo conservador. La preservación uterina debe entenderse como
una estrategia escalonada y vigilada, subordinada a la supervivencia materna y sin demorar la
histerectomía cuando esta constituye el procedimiento definitivo más seguro.
Palabras clave: hemorragia posparto; preservación uterina; manejo conservador; histerectomía
obstétrica; choque hemorrágico.
1 Autor principal
Correspondencia: andreacastelan_94@hotmail.com

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Uterine preservation in severe postpartum hemorrhage: selection criteria,
therapeutic limits, and predictors of conservative management failure
ABSTRACT
Severe postpartum hemorrhage is a time-sensitive obstetric emergency and a major cause of maternal
morbidity and mortality. Although uterine preservation is a clinically relevant goal, particularly in
patients who desire future fertility, conservative interventions must not delay definitive hemorrhage
control. The objective of this review was to analyze the criteria for selecting candidates for uterine-
preserving management, the main available interventions, their therapeutic limits, and the factors
associated with treatment failure. A critical narrative review of clinical guidelines, international
consensus statements, systematic reviews, and observational studies addressing the management of
severe postpartum hemorrhage was conducted. Conservative strategies include uterotonic therapy,
tranexamic acid, uterine balloon tamponade, uterine compression sutures, pelvic devascularization
procedures, and arterial embolization. Their effectiveness depends on prompt identification of the
bleeding source, early clinical response, hemodynamic stability, simultaneous correction of
coagulopathy, and access to specialized resources. Persistent bleeding, refractory shock, increasing
transfusion requirements, progressive coagulopathy, and organ dysfunction indicate failure of
conservative management. Uterine preservation should therefore be considered a structured, closely
monitored, and time-limited strategy, always subordinated to maternal survival and without delaying
obstetric hysterectomy when it represents the safest definitive treatment.
Keywords: postpartum hemorrhage; uterine preservation; conservative management; obstetric
hysterectomy; hemorrhagic shock.
Artículo recibido 13 mayo 2026
Aceptado para publicación: 20 junio 2026

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INTRODUCCIÓN
La hemorragia posparto constituye una de las emergencias obstétricas más graves y tiempo-
dependientes, debido a su capacidad para producir choque hipovolémico, coagulopatía, disfunción
orgánica, ingreso a cuidados intensivos, pérdida de la capacidad reproductiva y muerte materna en un
periodo corto. Aunque tradicionalmente se ha definido mediante umbrales cuantitativos de pérdida
sanguínea, la valoración contemporánea también reconoce la presencia de signos o síntomas de
hipovolemia y deterioro clínico, aun cuando la cuantificación inicial pueda ser imprecisa (American
College of Obstetricians and Gynecologists (ACOG), 2017). La estimación visual suele subestimar el
sangrado, por lo que la cuantificación objetiva y la vigilancia clínica sistemática son componentes
relevantes para favorecer una identificación temprana (ACOG, 2019).
La Organización Mundial de la Salud ha reforzado la necesidad de reconocer y tratar la hemorragia
posparto mediante intervenciones simultáneas, coordinadas y aplicadas con rapidez. Las
recomendaciones actuales integran la evaluación objetiva de la pérdida sanguínea, la identificación
inmediata de la causa, la administración temprana de uterotónicos y ácido tranexámico, la reposición de
volumen, la valoración del tracto genital y la escalada oportuna hacia procedimientos invasivos cuando
las medidas iniciales son insuficientes (World Health Organization (WHO), 2023, 2025). Este enfoque
subraya que la efectividad terapéutica no depende únicamente de la selección de una técnica, sino del
tiempo transcurrido, la organización del equipo multidisciplinario y la capacidad institucional para
responder al deterioro materno.
Las causas de hemorragia posparto suelen agruparse mediante el esquema de las cuatro “T”: tono,
trauma, tejido y trombina. La atonía uterina representa la etiología más frecuente; sin embargo, las
lesiones del canal del parto, la retención placentaria, los trastornos de placentación, la inversión o ruptura
uterina y las alteraciones de la coagulación pueden coexistir y modificar de forma sustancial la respuesta
terapéutica. Por ello, el manejo debe dirigirse a la etiología probable mientras se ejecutan
simultáneamente las medidas de reanimación y control hemorrágico (Escobar et al., 2022).
En este contexto, la preservación uterina constituye un objetivo clínico importante, especialmente en
mujeres con deseo reproductivo, nuliparidad o fuerte interés en conservar el útero. Las estrategias
disponibles abarcan medidas farmacológicas, taponamiento intrauterino, suturas compresivas, ligaduras

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vasculares, desvascularización pélvica, embolización arterial y otras técnicas adaptadas a la causa y a
los recursos disponibles. Estas intervenciones pueden evitar una histerectomía obstétrica; no obstante,
su aplicación requiere una selección cuidadosa y una evaluación continua de la respuesta, dado que la
persistencia del sangrado puede favorecer la progresión hacia choque, acidosis, hipotermia,
hipocalcemia y coagulopatía.
La principal dificultad clínica no radica únicamente en conocer las técnicas conservadoras, sino en
determinar en qué paciente, bajo qué condiciones y durante cuánto tiempo resulta seguro intentarlas. La
prolongación injustificada de medidas ineficaces puede transformar un procedimiento potencialmente
conservador en un retraso peligroso del control definitivo. En consecuencia, el deseo de preservar la
fertilidad debe mantenerse subordinado a la supervivencia materna y a la reversión rápida de la
hemorragia. La histerectomía obstétrica no debe interpretarse necesariamente como fracaso terapéutico,
sino como una intervención definitiva cuando la evolución clínica indica que las estrategias
conservadoras han alcanzado sus límites.
A pesar de la disponibilidad de múltiples alternativas, la evidencia comparativa entre técnicas es
heterogénea y se basa en gran medida en estudios observacionales, series de casos y recomendaciones
de expertos. Además, el éxito reportado puede estar condicionado por la etiología de la hemorragia, el
momento de aplicación, la experiencia quirúrgica, la disponibilidad de radiología intervencionista y la
gravedad fisiológica previa al procedimiento. Esto dificulta establecer una secuencia universal y obliga
a integrar la evidencia con el juicio clínico y las capacidades de cada institución.
Por lo anterior, el objetivo de este artículo es analizar críticamente los criterios de selección para intentar
la preservación uterina en la hemorragia posparto grave, describir las principales alternativas
conservadoras, identificar sus límites terapéuticos y reconocer los factores clínicos asociados con su
fracaso. Asimismo, se busca establecer principios para una escalada terapéutica segura que permita
conservar el útero cuando sea razonable, sin retrasar la histerectomía obstétrica cuando esta represente
la intervención definitiva más segura.
METODOLOGÍA
Se realizó una revisión narrativa crítica de la literatura orientada a identificar los criterios clínicos para
intentar la preservación uterina, las principales intervenciones conservadoras, sus límites terapéuticos y

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los factores relacionados con el fracaso del tratamiento en pacientes con hemorragia posparto grave.
Este diseño fue seleccionado debido a la heterogeneidad de las intervenciones disponibles, las
diferencias entre los escenarios asistenciales y el predominio de guías clínicas, revisiones sistemáticas,
estudios observacionales y series de casos sobre técnicas específicas.
La búsqueda bibliográfica se efectuó en las bases de datos PubMed/MEDLINE, Scopus, Web of
Science, Cochrane Library y SciELO. Además, se consultaron documentos emitidos por la Organización
Mundial de la Salud, la Federación Internacional de Ginecología y Obstetricia, el American College of
Obstetricians and Gynecologists y otras sociedades científicas relacionadas con la atención de la
hemorragia obstétrica. Se consideraron publicaciones en español e inglés, difundidas entre enero de
2015 y junio de 2026. Se incluyeron documentos anteriores cuando constituyeron referencias
fundamentales para la descripción de técnicas quirúrgicas o recomendaciones que conservaran vigencia
clínica.
Se emplearon combinaciones de los términos en inglés postpartum hemorrhage, severe postpartum
hemorrhage, uterine preservation, fertility-sparing management, conservative management, uterine
balloon tamponade, vacuum-induced hemorrhage control, uterine compression sutures, uterine artery
ligation, pelvic devascularization, arterial embolization, obstetric hysterectomy, treatment failure y
hemorrhagic shock. También se utilizaron sus equivalentes en español: hemorragia posparto,
hemorragia obstétrica grave, preservación uterina, manejo conservador, taponamiento uterino, suturas
compresivas, desvascularización pélvica, embolización arterial e histerectomía obstétrica.
Los criterios de inclusión comprendieron guías de práctica clínica, consensos internacionales, revisiones
sistemáticas, metaanálisis, estudios de cohorte, estudios de casos y controles y series clínicas que
evaluaran intervenciones destinadas al control de la hemorragia posparto con preservación uterina. Se
priorizaron las publicaciones que informaran control del sangrado, necesidad de procedimientos
adicionales, requerimientos transfusionales, histerectomía, complicaciones maternas, mortalidad o
resultados reproductivos posteriores.
Se excluyeron editoriales, cartas al editor sin datos clínicos, publicaciones duplicadas, estudios
exclusivamente preventivos sin análisis del tratamiento de la hemorragia establecida y documentos sin
acceso suficiente a la metodología o a los resultados. También se excluyeron estudios centrados

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únicamente en hemorragias ginecológicas no relacionadas con el embarazo y aquellos en los que no
fuera posible diferenciar los resultados correspondientes a hemorragia posparto.
La selección de la evidencia se realizó inicialmente mediante la revisión de títulos y resúmenes y,
posteriormente, mediante la lectura del texto completo de los documentos considerados pertinentes. La
información se organizó en cinco categorías analíticas: selección de candidatas para preservación
uterina, intervenciones conservadoras disponibles, indicadores de respuesta terapéutica, límites para
continuar el tratamiento y criterios de conversión a histerectomía obstétrica.
Debido a la variabilidad en las definiciones de hemorragia grave, los criterios de éxito, las etiologías y
las técnicas utilizadas, no se efectuó una síntesis cuantitativa de los resultados. Los hallazgos se
integraron de manera descriptiva y crítica, considerando la calidad del diseño, la consistencia entre
estudios, la aplicabilidad clínica y la concordancia con las recomendaciones internacionales vigentes.
Las guías consolidadas de la Organización Mundial de la Salud publicadas en 2025 se utilizaron como
referencia global principal, mientras que las recomendaciones de la Federación Internacional de
Ginecología y Obstetricia permitieron contextualizar la escalada farmacológica, mecánica, radiológica
y quirúrgica del tratamiento (Escobar et al., 2022; World Health Organization (WHO), 2025).
Al tratarse de una revisión documental basada exclusivamente en fuentes publicadas y sin participación
directa de seres humanos ni utilización de información clínica identificable, no fue necesaria la
aprobación de un comité de ética. Se respetaron los principios de integridad científica, atribución de
autoría y citación de las fuentes conforme a las normas de la séptima edición del estilo APA.
RESULTADOS
Hemorragia posparto grave y fundamento de la preservación uterina
La hemorragia posparto grave constituye un proceso dinámico cuya severidad no puede determinarse
únicamente mediante un volumen fijo de pérdida sanguínea. La velocidad del sangrado, el estado
hemodinámico, la respuesta a la reanimación, la aparición de coagulopatía y el desarrollo de disfunción
orgánica permiten valorar con mayor precisión el riesgo materno. En este escenario, el tratamiento debe
comenzar de manera simultánea al diagnóstico y avanzar de forma escalonada, sin esperar a que la
paciente cumpla criterios tardíos de choque descompensado.
Las recomendaciones actuales promueven la cuantificación objetiva del sangrado y la activación

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temprana de un conjunto coordinado de intervenciones que incluya masaje uterino, administración de
uterotónicos, ácido tranexámico, líquidos intravenosos, exploración del tracto genital y escalamiento
oportuno del control hemorrágico. La Organización Mundial de la Salud señala que estas medidas deben
aplicarse rápidamente y dentro de protocolos institucionales capaces de garantizar vigilancia,
reanimación, transfusión y acceso inmediato a procedimientos quirúrgicos cuando sean necesarios
(World Health Organization [WHO], 2025).
La preservación uterina comprende el conjunto de intervenciones farmacológicas, mecánicas,
radiológicas y quirúrgicas destinadas a controlar la hemorragia sin extirpar el útero. Su finalidad no se
limita a conservar la fertilidad, pues también puede evitar la complejidad técnica, las lesiones viscerales,
el mayor tiempo quirúrgico y las repercusiones físicas y psicológicas asociadas con una histerectomía
periparto. Sin embargo, conservar el útero constituye un objetivo secundario frente al principio
prioritario de detener el sangrado y preservar la vida materna.
Por ello, el manejo conservador no debe entenderse como una secuencia rígida en la que todas las
alternativas tengan que agotarse antes de practicar una histerectomía. La elección depende de la
etiología, la vía del nacimiento, la intensidad de la hemorragia, la velocidad de deterioro, la
disponibilidad de sangre y hemoderivados, la experiencia del equipo y el acceso inmediato a quirófano
o radiología intervencionista. FIGO recomienda avanzar hacia procedimientos quirúrgicos cuando el
sangrado no se detiene con uterotónicos y otras intervenciones conservadoras disponibles, como el
masaje uterino o el taponamiento con balón; las alternativas quirúrgicas incluyen suturas compresivas,
ligaduras vasculares e histerectomía (Escobar et al., 2022).
En consecuencia, la posibilidad de conservar el útero debe evaluarse mediante una lógica de respuesta
y tiempo, más que mediante el cumplimiento de un número predeterminado de procedimientos. Una
intervención conservadora es razonable cuando puede realizarse con rapidez, tiene una probabilidad
clínica aceptable de controlar la causa y no interfiere con la preparación simultánea de un tratamiento
definitivo. Por el contrario, la realización sucesiva de múltiples técnicas sin mejoría objetiva puede
prolongar la hipoperfusión, aumentar los requerimientos transfusionales y agravar la denominada tríada
letal de acidosis, hipotermia y coagulopatía.

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Criterios de selección para intentar la preservación uterina
No existe un único criterio que identifique a todas las pacientes candidatas a manejo conservador. La
decisión requiere integrar factores obstétricos, fisiológicos, etiológicos e institucionales. En términos
generales, la preservación uterina puede considerarse cuando la fuente del sangrado es potencialmente
controlable, la paciente conserva una respuesta favorable o parcialmente favorable a la reanimación y
existe capacidad para efectuar una vigilancia estrecha y una conversión quirúrgica inmediata si el
tratamiento fracasa.
Estabilidad fisiológica o respuesta inicial a la reanimación
La estabilidad hemodinámica absoluta no siempre está presente al iniciar el manejo conservador; no
obstante, debe observarse al menos una respuesta clínica a la reposición, al control inicial del sangrado
y a la transfusión. La mejoría de la presión arterial, la frecuencia cardiaca, el estado mental, la perfusión
periférica y la diuresis sugiere que existe un margen razonable para aplicar una intervención
preservadora. Por el contrario, la hipotensión persistente, el deterioro neurológico, la hipoperfusión
progresiva o la necesidad creciente de vasopresores indican que el tiempo disponible para medidas
adicionales es limitado.
El índice de choque obstétrico, calculado mediante la relación entre frecuencia cardiaca y presión arterial
sistólica, puede complementar la valoración clínica y favorecer la identificación temprana del deterioro.
Sin embargo, ningún indicador aislado debe retrasar una intervención definitiva cuando la evolución
global demuestra hemorragia no controlada.
Etiología susceptible de tratamiento conservador
La causa de la hemorragia modifica de manera directa la probabilidad de éxito. La atonía uterina sin
ruptura, inversión no corregida, trauma vascular mayor o coagulopatía irreversible suele ofrecer el
escenario más favorable para uterotónicos, ácido tranexámico, taponamiento intrauterino y suturas
compresivas. La recomendación de la OMS sobre el balón intrauterino se dirige particularmente a la
hemorragia por atonía posterior a parto vaginal que no responde al tratamiento inicial, siempre que se
disponga de protocolos, vigilancia, transfusión, personal capacitado y acceso a cirugía (WHO, 2021,
2025).
Las laceraciones del canal del parto requieren reparación anatómica directa; por ello, el taponamiento

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uterino o los uterotónicos no deben utilizarse como sustitutos de la identificación y corrección del
trauma. De manera similar, la retención placentaria exige extracción del tejido retenido, mientras que la
ruptura uterina requiere reparación quirúrgica o histerectomía según su extensión y el estado clínico.
En el espectro de placenta acreta, la preservación uterina debe evaluarse con especial cautela. La
extracción forzada de una placenta anormalmente adherida puede provocar hemorragia masiva, por lo
que las recomendaciones del American College of Obstetricians and Gynecologists consideran que el
abordaje generalmente aceptado consiste en cesárea-histerectomía con la placenta in situ. El tratamiento
conservador en estas pacientes debe reservarse para casos seleccionados, con planificación
multidisciplinaria, recursos especializados y aceptación de riesgos como hemorragia diferida, infección,
reintervención y necesidad posterior de histerectomía (American College of Obstetricians and
Gynecologists [ACOG], 2018).
Control anatómico potencialmente alcanzable
La preservación es más viable cuando el sitio hemorrágico puede comprimirse, suturarse, ligar sus vasos
nutricios o excluirse mediante embolización. El taponamiento uterino puede ser útil en la atonía
persistente; las suturas compresivas resultan especialmente aplicables cuando el abdomen ya se
encuentra abierto durante una cesárea; las ligaduras uterinas o pélvicas pueden disminuir el flujo arterial,
y la embolización puede controlar el sangrado en pacientes con estabilidad suficiente para su traslado y
realización.
La radiología intervencionista ofrece una alternativa eficaz para determinadas pacientes estables o
transitoriamente estabilizadas, pero su utilidad depende de la disponibilidad inmediata del equipo, del
acceso vascular y de que el traslado no retrase el control quirúrgico. Por tanto, no debe considerarse una
opción universal ni intentarse en pacientes con colapso circulatorio que requieren laparotomía
inmediata.
Disponibilidad de recursos y experiencia institucional
Una técnica conservadora solo es segura si se realiza en un entorno con capacidad para detectar
rápidamente su fracaso. El uso del balón intrauterino, por ejemplo, debe acompañarse de vigilancia de
signos vitales, evaluación continua del sangrado, disponibilidad de transfusión y acceso inmediato a
cirugía. La OMS enfatiza que su utilización debe formar parte de un sistema de atención completo y no

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de una intervención aislada en centros incapaces de realizar tratamiento definitivo (WHO, 2021, 2025).
Asimismo, la experiencia del cirujano condiciona la selección de suturas compresivas, ligaduras
vasculares o desvascularización pélvica. Una técnica técnicamente compleja, poco familiar para el
equipo o que requiera tiempos prolongados puede ofrecer menos seguridad que una histerectomía
realizada de forma temprana por personal experimentado.
Deseo reproductivo y consentimiento clínicamente posible
El deseo de conservar la fertilidad debe incorporarse a la toma de decisiones siempre que la situación
permita obtener información o exista una preferencia previamente conocida. Sin embargo, durante una
emergencia vital, la imposibilidad de obtener consentimiento específico no debe retrasar el
procedimiento necesario para salvar la vida. El interés reproductivo orienta la elección entre alternativas
terapéuticas razonables, pero no justifica continuar un manejo ineficaz frente a hemorragia activa y
deterioro materno.
Tabla 1. Criterios clínicos para considerar preservación uterina
Dimensión Condiciones favorables Condiciones desfavorables
Respuesta
fisiológica
Mejoría hemodinámica con
reanimación inicial
Choque persistente o rápidamente
progresivo
Etiología Atonía, sangrado uterino
compresible o vaso embolizable
Ruptura extensa, trauma no reparable,
placentación invasiva con hemorragia
incontrolable
Evolución del
sangrado
Disminución objetiva tras la
intervención inicial
Sangrado persistente o aumento de la
pérdida sanguínea
Coagulación Alteraciones corregibles y
reposición disponible
Coagulopatía progresiva pese a reposición
Recursos Quirófano, banco de sangre,
vigilancia y personal experto
disponibles
Falta de hemoderivados, demora quirúrgica
o ausencia de vigilancia
Intervención
propuesta
Rápida, familiar y con posibilidad
de conversión inmediata
Compleja, prolongada o que retrasa el
control definitivo
Preferencia
reproductiva
Deseo de fertilidad dentro de un
escenario clínicamente seguro
Preservación perseguida a costa de mayor
riesgo vital
Nota: La presencia de condiciones favorables no garantiza el éxito y la aparición de un solo dato de deterioro grave puede
justificar la conversión inmediata a cirugía definitiva. Elaboración propia a partir de ACOG (2017, 2018), Escobar et al. (2022)
y WHO (2021, 2025).

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Intervenciones conservadoras para el control de la hemorragia
La preservación uterina exige una estrategia escalonada, pero no necesariamente lineal. Las
intervenciones farmacológicas, mecánicas, radiológicas y quirúrgicas pueden emplearse de manera
sucesiva o combinada según la causa del sangrado, la vía del nacimiento, la respuesta materna y los
recursos disponibles. Mientras se intenta el control hemorrágico, deben continuar de forma simultánea
la reanimación, la reposición de hemoderivados, la corrección de alteraciones metabólicas y la
preparación para una intervención definitiva.
Tratamiento farmacológico inicial
En la hemorragia asociada con atonía uterina, el masaje uterino y los fármacos uterotónicos constituyen
el tratamiento inicial. La oxitocina es el uterotónico de primera elección, mientras que la ergometrina,
las prostaglandinas y el misoprostol pueden utilizarse de acuerdo con las contraindicaciones maternas,
la disponibilidad y los protocolos institucionales. La administración de un segundo uterotónico no debe
retrasar la identificación de otras causas, como trauma genital, retención placentaria, ruptura uterina o
coagulopatía.
El ácido tranexámico debe administrarse tempranamente como parte del tratamiento de la hemorragia
posparto, independientemente de que la causa sea traumática o atónica. La dosis recomendada es de 1 g
por vía intravenosa durante aproximadamente 10 minutos, tan pronto como se diagnostique la
hemorragia y dentro de las primeras tres horas posteriores al nacimiento. Puede administrarse una
segunda dosis de 1 g cuando el sangrado continúe después de 30 minutos o reinicie dentro de las
siguientes 24 horas. Su uso no sustituye a los uterotónicos ni al control anatómico de la fuente
hemorrágica, sino que actúa como una intervención hemostática complementaria (Escobar et al., 2022;
World Health Organization [WHO], 2025).
La ausencia de respuesta rápida al tratamiento farmacológico debe interpretarse como indicación de
escalamiento y no como motivo para repetir indefinidamente las mismas medidas. La persistencia de un
útero hipotónico, el sangrado continuo y el deterioro fisiológico obligan a iniciar una intervención
mecánica o quirúrgica mientras continúa la reanimación.

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Taponamiento uterino con balón
El taponamiento uterino con balón representa una de las intervenciones conservadoras más utilizadas
para la atonía refractaria al tratamiento farmacológico. Su mecanismo combina la presión directa sobre
la superficie endometrial con la reducción del flujo sanguíneo uterino. Además de su función terapéutica,
la salida del dispositivo permite vigilar la persistencia del sangrado y evaluar de forma temprana la
respuesta.
La OMS recomienda su utilización principalmente en la hemorragia por atonía posterior a parto vaginal
que no responde al tratamiento inicial, siempre que se cumplan condiciones de seguridad: disponibilidad
inmediata de cirugía y hemoderivados, personal capacitado, vigilancia continua, exclusión razonable de
trauma y retención placentaria, y aplicación dentro de un protocolo integral de atención (WHO, 2025).
Estas condiciones son relevantes porque el balón no corrige las laceraciones, la ruptura uterina, la
retención de tejido ni el sangrado arterial extraparenquimatoso.
Una revisión sistemática y metaanálisis que incluyó 91 estudios y 4,729 pacientes encontró una tasa
global agrupada de éxito del 85.9%. La efectividad fue mayor en la atonía uterina y la placenta previa,
con tasas cercanas al 87%, y menor en el espectro de placenta acreta y la retención de productos, donde
la naturaleza del sangrado limita el efecto de la compresión intracavitaria (Suarez et al., 2020). Sin
embargo, la interpretación de estas cifras requiere cautela, debido al predominio de estudios
observacionales, la heterogeneidad de los dispositivos y las diferencias en la definición de éxito.
El efecto del balón debe ser evidente poco después de su colocación. La disminución marcada o el cese
del sangrado durante los primeros minutos favorece la continuación de la estrategia; por el contrario, la
persistencia de una salida hemorrágica significativa, el aumento del índice de choque o la necesidad
transfusional progresiva indican fracaso. La evidencia reciente sugiere que, cuando el procedimiento es
efectivo, la respuesta suele observarse dentro de los primeros 10 a 15 minutos, por lo que no resulta
prudente prolongar la observación ante una falta clara de control.
Las complicaciones descritas incluyen desplazamiento o expulsión del dispositivo, perforación uterina
infrecuente, infección, lesión cervical y ocultamiento de una hemorragia persistente cuando no se vigila
adecuadamente. En consecuencia, la colocación del balón debe acompañarse de una reevaluación
completa de la etiología y de la preparación simultánea para laparotomía.

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Sistemas intrauterinos de control mediante vacío
Los dispositivos de control hemorrágico inducido por vacío buscan favorecer el colapso de la cavidad
uterina y restaurar la contracción fisiológica del miometrio. Se han propuesto principalmente para la
hemorragia por atonía que no responde a uterotónicos. Su ventaja teórica es alcanzar el control en pocos
minutos mediante una presión negativa de baja intensidad, en contraste con la expansión intracavitaria
del balón.
Los estudios iniciales han informado control rápido del sangrado en una elevada proporción de
pacientes; no obstante, la evidencia disponible procede principalmente de estudios prospectivos no
comparativos y series clínicas. Persisten limitaciones relacionadas con el costo, la disponibilidad, los
criterios de selección y la ausencia de comparaciones robustas con el balón intrauterino, las suturas
compresivas o la cirugía. Por ello, estos sistemas pueden considerarse una alternativa en instituciones
capacitadas, pero no deben asumirse como superiores ni utilizarse cuando exista sospecha de ruptura,
anomalía placentaria invasiva, trauma no reparado o hemorragia arterial que requiera control directo.
Suturas uterinas compresivas
Las suturas compresivas permiten ejercer presión mecánica sobre las paredes uterinas y reducir el
sangrado asociado principalmente con atonía refractaria. Las técnicas B-Lynch, Hayman, Cho y sus
modificaciones tienen el objetivo común de aproximar las paredes anterior y posterior del útero, aunque
difieren en la necesidad de realizar una histerotomía y en la distribución de la compresión.
Estas técnicas son particularmente útiles cuando la hemorragia ocurre durante una cesárea o cuando ya
se ha realizado una laparotomía. Antes de colocarlas puede efectuarse una prueba de compresión
bimanual: si la compresión manual reduce de forma evidente el sangrado, una sutura compresiva tiene
mayor probabilidad de éxito. En cambio, si la hemorragia procede de un vaso lesionado, una ruptura
uterina, el parametrio o una alteración placentaria extensa, la compresión global del útero puede ser
insuficiente.
Las revisiones disponibles describen tasas de control hemorrágico cercanas al 80-90%, aunque existe
variación importante entre estudios y técnicas. Una revisión contemporánea sobre procedimientos
quirúrgicos preservadores reportó un éxito aproximado del 90% y una frecuencia relativamente baja de
complicaciones graves, pero también destacó que una proporción relevante de obstetras no domina estas

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técnicas, lo que limita su aplicación segura en situaciones críticas (Bouchghoul et al., 2024).
Entre las complicaciones se han descrito isquemia o necrosis uterina, piometra, sinequias, deformidad
de la cavidad, hematometra e infección. Aunque muchas pacientes mantienen la menstruación y pueden
lograr embarazos posteriores, la evidencia reproductiva procede en gran parte de series pequeñas y está
expuesta a sesgo de seguimiento. La combinación de suturas compresivas con desvascularización
extensa puede aumentar teóricamente el riesgo de isquemia, por lo que debe evitarse una compresión
excesiva y vigilarse estrechamente la evolución posoperatoria.
Ligadura de arterias uterinas y desvascularización pélvica
La ligadura bilateral de las arterias uterinas disminuye la presión de perfusión uterina y puede
combinarse con suturas compresivas. Es una técnica relativamente accesible durante la laparotomía y
resulta útil en sangrado de origen uterino cuando la anatomía permanece identificable y no existe
destrucción extensa del segmento inferior o del parametrio.
La ligadura progresiva puede incluir arterias uterinas, ramas útero-ováricas y, en casos seleccionados,
arterias ilíacas internas. La ligadura de las arterias ilíacas internas es técnicamente más compleja y
requiere conocimiento detallado de la anatomía retroperitoneal. El riesgo de lesión venosa, ureteral o
vascular aumenta en presencia de sangrado masivo, distorsión anatómica, hematomas o cirugía previa.
Estas técnicas deben practicarse únicamente cuando el equipo posee experiencia suficiente y cuando su
realización no retrasa una histerectomía necesaria. Intentar una ligadura vascular compleja durante un
colapso hemodinámico, sin visualización adecuada o por un cirujano no familiarizado, puede aumentar
la pérdida sanguínea y comprometer la seguridad materna. En tales circunstancias, la histerectomía
temprana puede ser una opción más rápida y controlable.
Embolización de arterias uterinas
La embolización arterial puede controlar el sangrado preservando el útero mediante la oclusión selectiva
de los vasos responsables. Es especialmente útil en pacientes hemodinámicamente estables o
transitoriamente estabilizadas, con sangrado persistente de bajo o moderado flujo, pseudoaneurisma,
malformación vascular, hemorragia tardía o persistencia del sangrado después de otras intervenciones.
Su principal limitación es logística. Requiere disponibilidad inmediata de radiología intervencionista,
personal entrenado, acceso a una sala equipada y capacidad para mantener la reanimación durante el

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procedimiento. Una paciente con sangrado torrencial, choque refractario o necesidad de laparotomía
inmediata no debe trasladarse de forma prolongada para embolización.
Las complicaciones incluyen hematoma en el sitio de punción, lesión vascular, embolización no
selectiva, isquemia uterina, infección, exposición a contraste y, con poca frecuencia, necrosis uterina.
La mayoría de los reportes describe conservación de la menstruación y posibilidad de embarazos
posteriores, aunque no puede descartarse un aumento de alteraciones placentarias o complicaciones
obstétricas en gestaciones futuras.
Selección práctica de la intervención
La técnica debe elegirse de acuerdo con la causa predominante y el contexto clínico. En atonía posterior
a parto vaginal, el balón intrauterino puede constituir la intervención conservadora inmediata más
accesible. Durante una cesárea con atonía refractaria, una sutura compresiva, sola o combinada con
ligadura uterina, puede proporcionar control rápido. En sangrado arterial localizado con estabilidad
materna, la embolización ofrece una alternativa útil. La ruptura uterina, el trauma vascular mayor y la
placentación invasiva con hemorragia no controlada requieren con mayor frecuencia cirugía definitiva.
Tabla 2. Principales intervenciones preservadoras del útero
Intervención Escenario más
favorable
Ventaja principal Limitación o señal de
falla
Uterotónicos Atonía uterina inicial Disponibilidad y
aplicación inmediata
Persistencia de atonía y
sangrado tras tratamiento
adecuado
Ácido
tranexámico
Hemorragia
diagnosticada dentro de
las primeras tres horas
Disminuye la fibrinólisis
y complementa el control
etiológico
No corrige por sí solo la
fuente anatómica
Balón
intrauterino
Atonía refractaria,
especialmente tras parto
vaginal
Aplicación rápida y
vigilancia del sangrado
Persistencia del flujo
hemorrágico en los
primeros minutos
Sistema de
vacío
Atonía refractaria en
centros con dispositivo
Control potencialmente
rápido
Evidencia comparativa y
disponibilidad limitadas

pág. 2890
disponible
Suturas
compresivas
Atonía durante cesárea o
laparotomía
Conserva el útero y puede
combinarse con ligaduras
Falta de respuesta a la
compresión manual o
sangrado extrauterino
Ligadura
uterina
Sangrado uterino
durante laparotomía
Técnica accesible para
cirujanos entrenados
Anatomía distorsionada o
deterioro durante el
procedimiento
Ligadura ilíaca
interna
Sangrado pélvico
seleccionado
Reduce la presión arterial
pélvica
Complejidad técnica y
riesgo vascular
Embolización
arterial
Paciente estable con
sangrado persistente
localizado
Tratamiento selectivo y
mínimamente invasivo
Inestabilidad, traslado
prolongado o falta de
disponibilidad
Nota: Las intervenciones pueden combinarse, pero la suma de procedimientos sin respuesta objetiva no debe retrasar el control
definitivo. Elaboración propia a partir de Escobar et al. (2022), Suarez et al. (2020), Bouchghoul et al. (2024) y WHO (2025).
Ligaduras vasculares y desvascularización pélvica
Las técnicas de ligadura vascular tienen como propósito disminuir el flujo sanguíneo uterino y facilitar
la formación de coágulos en el sitio hemorrágico sin recurrir inicialmente a la extirpación del útero.
Entre estas intervenciones se encuentran la ligadura bilateral de las arterias uterinas, la ligadura de los
vasos útero-ováricos, la desvascularización uterina progresiva y la ligadura de las arterias ilíacas
internas. Su utilización se considera principalmente ante hemorragia persistente que no responde al
tratamiento farmacológico, al taponamiento uterino o a las suturas compresivas, especialmente cuando
la cavidad abdominal ya se encuentra abierta.
La ligadura bilateral de las arterias uterinas suele considerarse una de las primeras opciones vasculares
debido a que es relativamente rápida, técnicamente menos compleja que la ligadura de las arterias ilíacas
internas y puede combinarse con suturas compresivas. El procedimiento debe realizarse procurando
evitar lesiones ureterales y vasculares, particularmente cuando existe distorsión anatómica por
hematomas, adherencias, cirugía previa o trastornos del espectro de placenta acreta. FIGO contempla

pág. 2891
las ligaduras vasculares como alternativas quirúrgicas conservadoras cuando las medidas iniciales no
logran controlar la hemorragia, aunque reconoce que la elección depende de la experiencia quirúrgica y
de los recursos disponibles (Escobar et al., 2022).
La desvascularización uterina progresiva implica la ligadura escalonada de los vasos que contribuyen al
aporte sanguíneo uterino. Generalmente comienza con las arterias uterinas y puede extenderse hacia
ramas ascendentes, anastomosis útero-ováricas u otros pedículos según la localización y persistencia del
sangrado. Su principal ventaja es permitir una reducción gradual del flujo arterial mientras se evalúa la
respuesta intraoperatoria. Sin embargo, la realización sucesiva de múltiples ligaduras puede consumir
tiempo crítico y dificultar una histerectomía posterior si el sangrado continúa.
La ligadura bilateral de las arterias ilíacas internas disminuye la presión de pulso en la circulación
pélvica y puede facilitar la hemostasia. No obstante, requiere conocimiento preciso de la anatomía
retroperitoneal y experiencia quirúrgica avanzada. Entre sus riesgos se encuentran la lesión de la vena
ilíaca interna, el uréter, los vasos pélvicos adyacentes y las estructuras nerviosas. Por esta razón, no debe
intentarse como una maniobra improvisada por un equipo que no domine la técnica, especialmente en
una paciente con choque profundo y hemorragia activa.
La probabilidad de éxito de las ligaduras vasculares disminuye cuando existe coagulopatía grave,
sangrado venoso difuso, lesión vascular de gran calibre, ruptura uterina extensa o invasión placentaria
profunda. Tampoco debe asumirse que la reducción aparente del sangrado en el campo quirúrgico
representa control definitivo, ya que puede persistir hemorragia hacia la cavidad uterina, el
retroperitoneo o espacios pélvicos no visibles.
Después de la ligadura vascular se debe valorar inmediatamente la reducción del sangrado, la
consistencia uterina, la estabilidad hemodinámica y los requerimientos transfusionales. Si no se obtiene
una mejoría clara, la progresión hacia otra maniobra conservadora solo es razonable cuando puede
efectuarse rápidamente y sin comprometer la posibilidad de histerectomía. El objetivo no es completar
una secuencia quirúrgica predeterminada, sino lograr control hemorrágico dentro de un periodo
compatible con la supervivencia materna.

pág. 2892
Embolización arterial
La embolización arterial transcatéter es una intervención mínimamente invasiva que permite identificar
y ocluir selectivamente los vasos responsables de la hemorragia. Habitualmente se embolizan las arterias
uterinas, aunque pueden requerirse ramas vaginales, pudendas internas, ováricas o de la circulación
pélvica dependiendo del origen del sangrado. Las guías consolidadas de la Organización Mundial de la
Salud consideran la embolización de las arterias uterinas cuando otras medidas no han logrado controlar
la hemorragia y existen los recursos necesarios para realizarla sin demoras peligrosas (World Health
Organization [WHO], 2025).
Esta técnica puede ser especialmente útil en pacientes con sangrado arterial persistente,
pseudoaneurismas, malformaciones vasculares, hemorragia diferida, laceraciones pélvicas de difícil
acceso o persistencia del sangrado después de cirugía conservadora. También puede emplearse ante
hemorragia vinculada con trastornos de placentación, siempre que la paciente se encuentre
suficientemente estable y el procedimiento forme parte de una estrategia multidisciplinaria.
La principal ventaja de la embolización es la posibilidad de controlar la hemorragia preservando el útero
y evitando una cirugía abdominal mayor. La literatura comunica tasas elevadas de éxito técnico y
clínico, aunque los resultados varían de acuerdo con la etiología, el estado hemodinámico, la presencia
de coagulopatía y la definición utilizada para considerar exitoso el procedimiento. Una revisión
publicada en 2025 señala que la embolización puede alcanzar una elevada eficacia en centros
experimentados, pero enfatiza que su selección debe considerar la estabilidad de la paciente y la
disponibilidad inmediata de radiología intervencionista (Elbiss et al., 2025).
La paciente ideal es aquella estable o transitoriamente estabilizada, con acceso vascular factible y
capacidad para tolerar el traslado y el tiempo del procedimiento. En cambio, la embolización no debe
retrasar una laparotomía o histerectomía en presencia de colapso circulatorio, hemorragia masiva no
contenida, ruptura uterina, hemoperitoneo rápidamente progresivo o ausencia de radiología
intervencionista disponible de forma inmediata.
La coagulopatía puede disminuir la eficacia de algunos materiales embólicos que dependen de la
formación de trombo, aunque existen agentes capaces de producir oclusión mecánica más directa. La
selección del material corresponde al equipo intervencionista y debe individualizarse según el sitio

pág. 2893
hemorrágico, la necesidad de una oclusión temporal o permanente y las condiciones fisiológicas de la
paciente.
Entre las complicaciones descritas se encuentran hematoma o sangrado en el sitio de punción, disección
vascular, embolización no dirigida, isquemia pélvica, infección, lesión renal asociada al medio de
contraste y, de manera infrecuente, necrosis uterina. También puede ocurrir recurrencia del sangrado,
necesidad de una segunda embolización, cirugía adicional o histerectomía.
La preservación anatómica del útero no equivale necesariamente a conservación íntegra de la función
reproductiva. Los estudios disponibles indican que muchas mujeres recuperan la menstruación y pueden
lograr embarazos después de una embolización por hemorragia posparto; sin embargo, la evidencia
sobre fertilidad posterior es heterogénea. Se han comunicado riesgos incrementados de nueva
hemorragia posparto y alteraciones placentarias en embarazos subsecuentes, por lo que estas gestaciones
requieren vigilancia especializada (Matsuzaki et al., 2021; Yang et al., 2024).
En términos estratégicos, la embolización representa una alternativa de preservación uterina altamente
valiosa, pero dependiente de los recursos. Su indicación debe basarse en la disponibilidad real, no
teórica, del servicio. Una demora prolongada mientras se moviliza al equipo intervencionista puede
anular sus ventajas y aumentar el riesgo de que la paciente llegue al procedimiento con choque
irreversible o coagulopatía avanzada.
Combinación de técnicas conservadoras
La hemorragia posparto grave puede requerir la combinación de dos o más procedimientos
conservadores. Entre las estrategias descritas se encuentran el taponamiento uterino asociado con suturas
compresivas, las suturas compresivas combinadas con ligadura de arterias uterinas y la cirugía
conservadora seguida de embolización arterial por persistencia o recurrencia del sangrado.
La combinación puede resultar útil cuando una intervención produce mejoría parcial, pero no logra
hemostasia completa. Por ejemplo, una sutura compresiva puede disminuir el sangrado por atonía
mientras la ligadura arterial reduce el flujo uterino. De manera similar, el denominado “sándwich
uterino” combina compresión externa mediante suturas y presión interna mediante balón.
Sin embargo, no existe evidencia suficiente para establecer una combinación universalmente superior.
La selección depende de la etiología, la vía de nacimiento, la anatomía quirúrgica y la experiencia del

pág. 2894
equipo. La acumulación de procedimientos tampoco debe confundirse con una mayor calidad del
tratamiento. Cada intervención adicional consume tiempo y puede incrementar la lesión tisular,
dificultar una histerectomía posterior o favorecer complicaciones isquémicas.
Por lo tanto, una combinación conservadora solo debe intentarse cuando la primera medida produjo una
respuesta parcial objetiva, la paciente mantiene posibilidades razonables de recuperación y la técnica
adicional puede ejecutarse inmediatamente. La ausencia de mejoría después de varias intervenciones
constituye un dato de fracaso estratégico y no una indicación para continuar indefinidamente con nuevas
maniobras.
Tabla 4. Principales intervenciones invasivas para la preservación uterina
Intervención Escenario más
favorable
Ventajas Principales limitaciones
Suturas compresivas Atonía durante
cesárea o laparotomía
Rápidas y disponibles
en quirófano
Menor utilidad ante trauma,
coagulopatía grave o
placentación invasiva
Ligadura de arterias
uterinas
Sangrado uterino
persistente con
abdomen abierto
Técnica relativamente
accesible y
combinable
Riesgo ureteral o vascular;
depende de experiencia
Desvascularización
progresiva
Sangrado persistente
parcialmente
controlado
Permite reducción
escalonada del flujo
Puede prolongar el tiempo
quirúrgico
Ligadura de ilíacas
internas
Hemorragia pélvica
seleccionada y
cirujano experto
Reduce la presión de
pulso pélvica
Alta dificultad técnica y
riesgo vascular
Embolización
arterial
Paciente estable o
estabilizada con
sangrado arterial
Mínimamente
invasiva y preserva el
útero
Requiere disponibilidad
inmediata y traslado seguro
Técnicas
combinadas
Respuesta parcial a
una primera
intervención
Potencial efecto
complementario
Mayor tiempo, lesión tisular
y riesgo de retrasar
histerectomía
Nota. La selección debe basarse en la etiología, el estado fisiológico, la experiencia del equipo y la posibilidad de conversión
inmediata a tratamiento definitivo. Elaboración propia a partir de Escobar et al. (2022), WHO (2025) y Elbiss et al. (2025).

pág. 2895
Límites terapéuticos del manejo conservador
El manejo conservador de la hemorragia posparto grave debe considerarse una estrategia escalonada,
vigilada y limitada por la respuesta clínica. Su continuidad solo resulta justificable mientras exista
reducción objetiva del sangrado, recuperación hemodinámica o una posibilidad razonable de control
inmediato mediante la siguiente intervención. La disponibilidad de múltiples técnicas no implica que
todas deban agotarse antes de recurrir a la histerectomía. En la hemorragia refractaria, la rapidez de la
decisión, la coordinación del equipo y el control definitivo de la fuente son elementos centrales para
prevenir la progresión hacia coagulopatía, choque irreversible y disfunción multiorgánica (World Health
Organization [WHO], 2025).
El límite del manejo conservador no puede establecerse mediante un volumen sanguíneo universal ni
por un tiempo fijo aplicable a todas las pacientes. La tolerancia a la pérdida sanguínea depende de la
velocidad del sangrado, el volumen circulante previo, la presencia de anemia, las comorbilidades, la vía
del nacimiento y la respuesta a la reanimación. Por esta razón, la decisión debe sustentarse en la
trayectoria clínica y no únicamente en una cifra aislada.
Una respuesta favorable implica disminución evidente del sangrado, mejoría de la presión arterial,
reducción de la frecuencia cardiaca, recuperación del estado mental y de la perfusión periférica,
estabilización de los parámetros metabólicos y ausencia de requerimientos transfusionales progresivos.
En contraste, la persistencia de hemorragia activa, aunque sea parcialmente contenida por una técnica,
debe considerarse clínicamente relevante cuando continúa deteriorando la fisiología materna.
La temporalidad también constituye un límite estratégico. Una técnica conservadora pierde pertinencia
cuando su preparación o ejecución exige un periodo durante el cual la paciente continuará sangrando
sin control. Esto es particularmente importante para procedimientos dependientes de recursos
especializados, como la embolización arterial. En una paciente con estabilidad suficiente, el traslado a
radiología intervencionista puede ser razonable; sin embargo, en presencia de colapso circulatorio,
hemoperitoneo progresivo o necesidad sostenida de soporte vasopresor, dicho traslado puede representar
una demora peligrosa del control quirúrgico.
De manera similar, las intervenciones quirúrgicas conservadoras deben producir una mejoría
intraoperatoria reconocible. La colocación de una sutura compresiva, la ligadura arterial o la

pág. 2896
desvascularización pélvica no justifican una espera prolongada si el campo quirúrgico continúa
llenándose de sangre, persiste el sangrado vaginal o aumenta la necesidad de transfusión. En este
contexto, el fracaso debe reconocerse durante el procedimiento y no varias horas después.
La evidencia disponible no permite establecer una secuencia universalmente superior entre balón
intrauterino, suturas compresivas, ligaduras vasculares y embolización. La eficacia comunicada depende
de la etiología, el momento de aplicación, la experiencia institucional y los criterios utilizados para
definir éxito. Esta heterogeneidad refuerza la necesidad de evitar algoritmos rígidos y utilizar principios
de respuesta fisiológica, rapidez técnica y capacidad de conversión inmediata (Bouchghoul et al., 2024;
Escobar et al., 2022).
Predictores de falla del manejo conservador
La falla del manejo conservador puede definirse como la persistencia o recurrencia de la hemorragia
que exige una intervención adicional no planificada, culmina en histerectomía obstétrica o se acompaña
de deterioro fisiológico a pesar de las medidas implementadas. Esta definición debe incluir no solo la
falta de hemostasia anatómica, sino también la incapacidad para revertir el choque y limitar el consumo
de hemoderivados.
Persistencia o recurrencia del sangrado
La ausencia de reducción objetiva del sangrado después de una intervención constituye el indicador más
directo de fracaso. El sangrado puede persistir por vagina, dentro de la cavidad abdominal, en el
retroperitoneo o a través de superficies quirúrgicas. Asimismo, una disminución transitoria seguida de
recurrencia temprana puede indicar que el control inicial fue incompleto.
Después del taponamiento uterino, la salida continua de sangre alrededor o a través del dispositivo,
acompañada de inestabilidad hemodinámica, debe interpretarse como falla. En estudios sobre balón
intrauterino, la gravedad inicial de la hemorragia, los trastornos de placentación, la cesárea y la
necesidad de transfusión se han asociado con mayor probabilidad de fracaso, aunque los resultados no
son uniformes entre poblaciones (Grange et al., 2018).
Choque persistente o progresivo
La falta de respuesta a la reanimación representa un límite mayor para continuar con estrategias
conservadoras. La hipotensión persistente, la taquicardia creciente, el deterioro neurológico, la oliguria,

pág. 2897
la mala perfusión periférica y la necesidad sostenida o creciente de vasopresores indican que la pérdida
sanguínea continúa superando la capacidad de reposición.
En hemorragia obstétrica extrema, FIGO identifica parámetros compatibles con deterioro crítico y
posible necesidad de cirugía de control de daños, entre ellos presión arterial sistólica menor de 70
mmHg, temperatura corporal inferior a 34 °C, pH materno menor de 7.1, sangrado persistente pese a
transfusión masiva y requerimiento continuo de vasopresores. Estos valores no deben interpretarse como
umbrales que haya que esperar, sino como señales tardías de gravedad que refuerzan la necesidad de
control inmediato (Escobar et al., 2022).
Requerimientos transfusionales progresivos
La necesidad creciente de concentrados eritrocitarios, plasma, plaquetas o crioprecipitado refleja
hemorragia no controlada y consumo hemostático. Una técnica conservadora no puede considerarse
exitosa si mantiene temporalmente la anatomía uterina, pero la paciente continúa requiriendo transfusión
rápida para conservar la estabilidad.
En estudios de embolización pélvica, una pérdida sanguínea superior a 1,500 mL y la transfusión de
más de cinco unidades de concentrados eritrocitarios se asociaron con mayor riesgo de fracaso del
procedimiento. Aunque estos resultados proceden de evidencia observacional y no deben aplicarse como
reglas universales, muestran que la carga hemorrágica previa reduce la probabilidad de éxito de
intervenciones posteriores (Sentilhes et al., 2009).
Coagulopatía progresiva
La disminución del fibrinógeno, la trombocitopenia, la prolongación de los tiempos de coagulación y el
sangrado difuso en sitios de punción o superficies quirúrgicas indican deterioro hemostático. La
coagulopatía puede ser consecuencia del consumo, la hemodilución, la hipotermia, la acidosis o una
patología obstétrica subyacente, como desprendimiento placentario, embolia de líquido amniótico o
trastornos hipertensivos graves.
Cuando la coagulopatía progresa a pesar de la reposición dirigida, disminuye la probabilidad de que una
técnica puramente mecánica o vascular logre control definitivo. En ese escenario, la preservación uterina
debe reevaluarse de inmediato, especialmente si la fuente anatómica continúa activa.

pág. 2898
Acidosis, hipotermia e hipocalcemia
La acidosis reduce la eficacia de los factores de coagulación y altera la contractilidad miocárdica; la
hipotermia compromete la función plaquetaria y enzimática; y la hipocalcemia, frecuente durante
transfusión masiva con productos citratados, puede agravar la hipotensión y la disfunción de la
coagulación. La coexistencia de estas alteraciones constituye una señal de que la paciente ha entrado en
un ciclo de deterioro fisiológico que puede volverse irreversible.
El tratamiento debe incluir calentamiento activo, corrección del calcio, reposición hemostática y control
inmediato de la fuente. En estas condiciones, repetir maniobras conservadoras de beneficio incierto
puede aumentar la mortalidad al demorar una cirugía definitiva.
Etiología de baja respuesta conservadora
La probabilidad de falla aumenta cuando la hemorragia deriva de ruptura uterina extensa, trauma
vascular mayor, placenta percreta, invasión parametrial, sangrado pélvico difuso o lesión anatómica no
reparable. En el espectro de placenta acreta, la extracción placentaria forzada puede desencadenar
hemorragia catastrófica y dificultar la preservación uterina. Por ello, el manejo conservador de la
placenta in situ debe diferenciarse del intento de conservar un útero que presenta sangrado masivo
después del desprendimiento placentario.
La atonía uterina aislada suele responder mejor a medidas preservadoras que la hemorragia
multifactorial. La coexistencia de atonía, trauma, retención placentaria y coagulopatía disminuye la
posibilidad de que una sola intervención logre hemostasia.
Ausencia de recursos o experiencia inmediata
La falta de banco de sangre, quirófano disponible, anestesia, cuidados intensivos, radiología
intervencionista o personal con experiencia limita de manera directa la seguridad del manejo
conservador. Una intervención técnicamente posible puede no ser clínicamente apropiada si su fracaso
no puede resolverse de inmediato.
Por ello, la selección terapéutica debe basarse en los recursos reales del momento. La disponibilidad
diferida de una técnica no equivale a disponibilidad inmediata durante una hemorragia activa.

pág. 2899
Tabla 3. Indicadores de respuesta y predictores de falla del manejo conservador
Evaluación Respuesta favorable Probable falla del manejo
conservador
Sangrado Disminución rápida y sostenida Persistencia, recurrencia o sangrado
oculto
Estado
hemodinámico
Mejoría con reanimación inicial Hipotensión, taquicardia o
vasopresores crecientes
Transfusión Requerimientos estables o decrecientes Necesidad rápida y progresiva de
hemoderivados
Coagulación Alteraciones corregibles Coagulopatía persistente o sangrado
difuso
Perfusión Recuperación del estado mental,
diuresis y perfusión periférica
Oliguria, deterioro neurológico o
hipoperfusión
Metabolismo Lactato y acidosis en mejoría Acidosis progresiva, hipotermia o
hipocalcemia
Respuesta técnica Hemostasia visible tras la intervención Ausencia de cambio objetivo después
del procedimiento
Etiología Atonía o fuente anatómica controlable Ruptura extensa, invasión placentaria
o lesión vascular mayor
Recursos Conversión quirúrgica y transfusión
inmediatas
Demora para quirófano, sangre o
personal experto
Nota. Ningún parámetro debe interpretarse de manera aislada. La tendencia clínica y la velocidad de deterioro son más
importantes que un valor único. Elaboración propia a partir de Escobar et al. (2022), Grange et al. (2018), Sentilhes et al. (2009)
y WHO (2025).

pág. 2900
Histerectomía obstétrica como tratamiento definitivo
La histerectomía obstétrica constituye el tratamiento definitivo de la hemorragia uterina que no responde
de forma rápida y sostenida a las medidas conservadoras. Aunque implica pérdida irreversible de la
fertilidad y puede asociarse con complicaciones quirúrgicas importantes, su realización oportuna puede
interrumpir el ciclo de hemorragia, transfusión, coagulopatía y choque. Las recomendaciones actuales
reconocen que, ante hemorragia refractaria, pueden requerirse técnicas invasivas como suturas
compresivas, ligadura arterial o histerectomía para detener el sangrado y salvar la vida materna (WHO,
2025).
La decisión no debe interpretarse como consecuencia obligatoria de haber completado todas las
alternativas conservadoras. En ciertas condiciones, la histerectomía puede constituir la primera opción
quirúrgica razonable, particularmente ante ruptura uterina irreparable, invasión placentaria extensa,
necrosis uterina, infección grave con hemorragia, atonía refractaria acompañada de choque profundo o
lesión vascular que no puede controlarse mediante reparación local.
La oportunidad del procedimiento es determinante. Una histerectomía realizada antes del desarrollo de
coagulopatía profunda puede ser técnicamente más controlable que la misma intervención después de
múltiples maniobras fallidas, transfusión masiva y distorsión anatómica. La demora puede aumentar el
edema, la formación de hematomas, la pérdida de planos quirúrgicos y el riesgo de lesión vesical,
ureteral o vascular.
La elección entre histerectomía subtotal y total depende de la localización de la hemorragia, el estado
del cuello uterino, la etiología y la urgencia. La modalidad subtotal puede ser más rápida y presentar
menor disección en determinados casos de atonía corporal; sin embargo, puede ser insuficiente si el
sangrado proviene del segmento uterino inferior, cuello uterino o trastorno de placentación con invasión
baja. En estas situaciones, la histerectomía total puede proporcionar un control anatómico más completo.
La preservación de ovarios debe procurarse cuando sea técnicamente posible, debido a que la extirpación
uterina no requiere ooforectomía rutinaria. No obstante, el objetivo principal continúa siendo la
hemostasia y el control de cualquier lesión asociada.

pág. 2901
Indicaciones para abandonar el manejo conservador
La conversión a histerectomía debe considerarse cuando se presenta una o más de las siguientes
condiciones:
• hemorragia persistente pese a una intervención conservadora correctamente realizada;
• choque que no responde de forma sostenida a la reanimación;
• requerimientos transfusionales crecientes sin control de la fuente;
• coagulopatía progresiva;
• acidosis, hipotermia o hipocalcemia en deterioro;
• ruptura uterina extensa o lesión anatómica irreparable;
• invasión placentaria con sangrado no controlable;
• recurrencia inmediata después de un control aparentemente exitoso;
• imposibilidad de realizar con rapidez una técnica conservadora apropiada;
• ausencia de recursos para vigilar y resolver el fracaso;
• juicio del equipo de que una maniobra adicional retrasará peligrosamente el tratamiento
definitivo.
Estas indicaciones no deben emplearse como una lista que deba completarse. La presencia de una sola
condición grave puede justificar la histerectomía inmediata.
Desde esta perspectiva, la histerectomía no representa necesariamente una falla médica. El verdadero
fracaso estratégico ocurre cuando el deseo de preservar el útero prolonga una hemorragia sin control y
expone a la paciente a daño prevenible. La decisión adecuada es aquella que conserva el útero cuando
existe una posibilidad razonable y segura, pero lo sacrifica sin demora cuando la supervivencia materna
depende del control definitivo.
DISCUSIÓN.
Los hallazgos de esta revisión muestran que la preservación uterina en la hemorragia posparto grave no
depende únicamente de la disponibilidad de técnicas conservadoras, sino de la selección adecuada de la
paciente, la identificación rápida de la etiología, la respuesta fisiológica a la reanimación y la capacidad
institucional para convertir oportunamente a un tratamiento definitivo. La evidencia actual respalda el
empleo de intervenciones farmacológicas, mecánicas, radiológicas y quirúrgicas para evitar la

pág. 2902
histerectomía en pacientes seleccionadas; sin embargo, no permite establecer una secuencia universal
aplicable a todos los escenarios obstétricos. La heterogeneidad de las causas, la gravedad clínica y los
recursos disponibles obliga a individualizar el tratamiento (Bouchghoul et al., 2024; Escobar et al.,
2022).
Las técnicas conservadoras han mostrado resultados favorables, pero las tasas de éxito comunicadas
deben interpretarse con cautela. En una cohorte de pacientes sometidas a cirugía conservadora por
hemorragia posparto temprana, el control uterino se logró en aproximadamente cuatro de cada cinco
casos, aunque más de una cuarta parte presentó complicaciones posoperatorias. Estos hallazgos
muestran que evitar la histerectomía no equivale necesariamente a una evolución libre de morbilidad y
que el éxito debe medirse mediante desenlaces maternos integrales, no solo por la conservación
anatómica del útero (Klangsin et al., 2022).
De manera similar, la evidencia sobre el taponamiento intrauterino demuestra una efectividad
clínicamente relevante, pero variable. Grange et al. (2018) comunicaron una tasa de éxito del 74.1 %
después del parto vaginal y observaron una mayor frecuencia de fracaso cuando la pérdida sanguínea
previa a la colocación era igual o superior a 1,500 mL. Esto sugiere que la eficacia de la técnica
disminuye conforme aumenta la carga hemorrágica y refuerza la importancia de intervenir antes de que
se establezcan choque, coagulopatía y transfusión masiva. No obstante, estos datos proceden de estudios
observacionales, por lo que no deben convertirse en umbrales absolutos para negar una intervención
potencialmente útil.
El momento de la escalada terapéutica parece ser tan relevante como la técnica seleccionada. En un
estudio contemporáneo, la elevación del lactato, el incremento del índice de choque, la disminución de
la temperatura corporal y la coexistencia de atonía con otras etiologías se asociaron con mayor necesidad
de tratamiento quirúrgico. Además, retrasar la cirugía hasta después del fracaso de múltiples
intervenciones no quirúrgicas se relacionó con mayor riesgo de histerectomía y coagulación
intravascular diseminada (Jung et al., 2024). Aunque estos resultados no demuestran causalidad
definitiva, respaldan la hipótesis de que el deterioro fisiológico progresivo reduce la probabilidad de
preservar el útero y aumenta la complejidad del tratamiento definitivo.
En consecuencia, la preservación uterina debe entenderse como una estrategia limitada por objetivos

pág. 2903
verificables. La colocación de un balón, una sutura compresiva o una ligadura vascular no constituye
por sí misma un resultado exitoso. Para considerar efectiva una intervención deben observarse
disminución sostenida del sangrado, recuperación hemodinámica, estabilización de los requerimientos
transfusionales y corrección progresiva de la coagulopatía. La persistencia de hemorragia con necesidad
de reposición continua representa una falla clínica, aun cuando el sangrado parezca temporalmente
reducido.
Comparación de las principales alternativas conservadoras
El tratamiento farmacológico y el ácido tranexámico constituyen medidas iniciales esenciales, pero no
deben emplearse como sustitutos del control anatómico de una fuente persistente. Su mayor beneficio
se obtiene cuando se administran de forma precoz y como parte de un paquete coordinado de atención.
Las recomendaciones consolidadas de la Organización Mundial de la Salud enfatizan la detección
temprana, la aplicación inmediata del tratamiento y la escalada sin demora cuando la respuesta inicial
es insuficiente (World Health Organization [WHO], 2025).
El taponamiento uterino ofrece ventajas por su rapidez, relativa sencillez y bajo grado de invasión,
particularmente en la atonía refractaria. Sin embargo, su seguridad depende de que se utilice en un
entorno con acceso a transfusión, vigilancia estrecha y cirugía inmediata. Su empleo en una paciente
con trauma genital no reparado, ruptura uterina o sangrado intraabdominal puede generar una falsa
impresión de control y retrasar el tratamiento etiológico.
Las suturas compresivas y la ligadura de arterias uterinas son especialmente útiles cuando el abdomen
ya se encuentra abierto. Su disponibilidad no depende de tecnología avanzada y pueden combinarse
cuando existe una respuesta parcial. No obstante, la evidencia comparativa entre técnicas es limitada y
se fundamenta principalmente en series clínicas y estudios retrospectivos. Una revisión sistemática
encontró tasas de éxito muy variables para las suturas y ligaduras, desde aproximadamente 36 % hasta
96 %, reflejo de las diferencias en selección de casos, gravedad y definición de éxito (Sathe et al., 2016).
Las suturas compresivas son reconocidas como una estrategia efectiva para la atonía uterina, pero no
existe evidencia sólida que demuestre la superioridad de una variante sobre otra. La elección entre B-
Lynch, Hayman, Cho o técnicas modificadas debe basarse en la localización del sangrado, la apertura
de la cavidad uterina y la experiencia del cirujano. La familiaridad técnica puede ser más importante

pág. 2904
que la preferencia teórica por un procedimiento específico (Bouchghoul et al., 2024).
La embolización arterial representa una opción valiosa en pacientes estables o estabilizadas,
particularmente ante sangrado arterial persistente o hemorragia diferida. Sin embargo, su disponibilidad
suele concentrarse en centros de tercer nivel y requiere tiempo para movilizar al equipo, trasladar a la
paciente y completar el procedimiento. Por ello, la comparación entre embolización e histerectomía no
debe basarse únicamente en la intención de preservar la fertilidad, sino en la posibilidad real de
efectuarla sin comprometer la perfusión materna.
Preservación anatómica y función reproductiva
Uno de los argumentos centrales para intentar el manejo conservador es conservar la fertilidad. La
evidencia disponible sugiere que muchas pacientes recuperan ciclos menstruales y logran embarazos
después de técnicas radiológicas o quirúrgicas conservadoras; no obstante, la calidad de los estudios es
limitada, con muestras pequeñas, seguimiento incompleto y posible sesgo de selección. Una revisión
sistemática concluyó que estas intervenciones no parecen deteriorar la menstruación o fertilidad en la
mayoría de las mujeres, pero destacó que la certeza de la evidencia era insuficiente para ofrecer garantías
definitivas (Doumouchtsis et al., 2014).
La conservación anatómica tampoco elimina el riesgo obstétrico futuro. Después de embolización de
arterias uterinas se han descrito recurrencia de hemorragia posparto, alteraciones de la placentación,
adherencias intrauterinas e insuficiencia ovárica poco frecuente. Estos posibles efectos deben discutirse
durante el seguimiento, especialmente en pacientes que desean un embarazo posterior. La vigilancia
preconcepcional y la atención del embarazo en una unidad con capacidad para manejar hemorragia
obstétrica resultan prudentes, aunque todavía no existe un protocolo universal de seguimiento (Hiraga
et al., 2025).
En el caso de las suturas compresivas, las complicaciones isquémicas graves parecen infrecuentes, pero
pueden ocurrir necrosis uterina, sinequias, infección y alteraciones de la cavidad. Por tanto, el concepto
de preservación uterina debe incluir tanto la supervivencia materna inmediata como la conservación
funcional del órgano y la calidad de vida posterior.

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La histerectomía como decisión oportuna y no como fracaso
La interpretación de la histerectomía obstétrica como un fracaso debe reconsiderarse. En determinadas
circunstancias representa la intervención más rápida y segura para detener la hemorragia. La insistencia
en conservar el útero después de una respuesta insuficiente puede prolongar la exposición al choque,
incrementar la transfusión y convertir una cirugía potencialmente controlable en un procedimiento
técnicamente más complejo.
Las guías de la OMS reconocen que la histerectomía puede ser necesaria cuando las medidas
farmacológicas, mecánicas y quirúrgicas conservadoras no logran controlar el sangrado. Sin embargo,
la formulación “después del fracaso” no debe interpretarse como obligación de agotar todas las técnicas
disponibles. La gravedad fisiológica, la etiología y la velocidad de la hemorragia pueden justificar una
histerectomía temprana, especialmente en ruptura uterina irreparable, espectro de placenta acreta con
sangrado masivo o trauma vascular extenso (WHO, 2025).
La literatura quirúrgica ha señalado consistentemente que la histerectomía no debe retrasarse en casos
extremadamente graves. En pacientes con estabilidad hemodinámica puede intentarse una ligadura
vascular o técnica conservadora; en contraste, ante hemorragia incontrolable y deterioro progresivo, el
tiempo invertido en procedimientos de baja probabilidad de éxito puede aumentar el riesgo materno
(Morel et al., 2011).
Por ello, el límite entre una preservación razonable y una conducta riesgosa no se encuentra en un
volumen sanguíneo específico, sino en la relación entre tres componentes: respuesta fisiológica, control
anatómico alcanzable y tiempo necesario para la siguiente intervención. Cuando alguno de estos
componentes es desfavorable, la indicación de histerectomía debe adelantarse.
Propuesta de enfoque clínico basado en respuesta
A partir de los hallazgos analizados, se propone que la toma de decisiones se organice en cuatro
momentos:
Primer momento: reconocimiento y tratamiento simultáneo. Debe cuantificarse el sangrado,
identificar la causa, iniciar uterotónicos, ácido tranexámico y reanimación hemostática, mientras se
prepara el acceso a intervenciones invasivas.
Segundo momento: valoración de la respuesta inicial. La disminución del sangrado y la mejoría

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fisiológica permiten continuar con medidas preservadoras. La ausencia de respuesta obliga a escalar
inmediatamente.
Tercer momento: intervención conservadora dirigida. El balón intrauterino, las suturas compresivas,
la ligadura vascular o la embolización deben seleccionarse según la etiología, la vía del parto, la
estabilidad y los recursos reales.
Cuarto momento: decisión definitiva. Si la intervención no produce una reducción rápida y sostenida
de la hemorragia, o si aparecen choque progresivo, coagulopatía, acidosis, hipotermia, hipocalcemia o
disfunción orgánica, debe abandonarse la intención conservadora y realizarse el procedimiento
definitivo más seguro.
Este enfoque evita interpretar el tratamiento como una lista rígida de pasos y coloca la respuesta materna
en el centro de la decisión. La implementación institucional requiere protocolos conocidos por
obstetricia, anestesiología, banco de sangre, enfermería, cuidados intensivos, cirugía y radiología
intervencionista. La guía de implementación publicada por la OMS en 2026 enfatiza precisamente que
la reducción de la morbimortalidad por hemorragia posparto depende de un proceso multidisciplinario,
sistemático y basado en recursos disponibles (WHO, 2026).
Limitaciones de la evidencia y de la revisión
La principal limitación de la evidencia analizada es el predominio de estudios retrospectivos, cohortes
pequeñas y series de casos. La realización de ensayos clínicos aleatorizados resulta difícil por la
naturaleza urgente y potencialmente mortal de la hemorragia posparto. Además, los estudios utilizan
definiciones distintas de hemorragia grave, éxito terapéutico y fracaso conservador, lo cual dificulta
comparar técnicas.
También existe un sesgo relacionado con la experiencia institucional. Los resultados obtenidos en
centros con radiología intervencionista, banco de sangre permanente y cirujanos expertos no pueden
extrapolarse directamente a hospitales con recursos limitados. De igual forma, las tasas de éxito pueden
sobreestimarse cuando solo se publican experiencias favorables o cuando se excluyen pacientes llevadas
directamente a histerectomía por extrema gravedad.
Esta revisión tiene las limitaciones propias de un diseño narrativo, ya que no se realizó metaanálisis ni
evaluación formal del riesgo de sesgo de cada estudio. No obstante, la integración crítica de guías

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internacionales y literatura clínica permitió identificar principios consistentes: intervención temprana,
selección etiológica, vigilancia de la respuesta y abandono oportuno del tratamiento conservador cuando
la evolución materna es desfavorable.
En conjunto, la evidencia respalda que la preservación uterina es un objetivo legítimo y frecuentemente
alcanzable, pero no constituye una obligación terapéutica. Su aplicación segura depende de reconocer
que cada maniobra tiene un periodo limitado para demostrar eficacia y que el control definitivo de la
hemorragia debe prevalecer sobre la conservación anatómica del útero.
CONCLUSIONES
No se repite lo anteriormente dicho. El autor expresa su criterio, su postura específica frente al tema y
lo sustenta de conformidad con los datos obtenidos y una argumentación teórica con plena consistencia
en aquellos. No debe salirse de este rango, no debe caer en la subjetividad, evite argumentaciones sin
evidencia fáctica-reflexiva de los mismos.
Y finalmente, en caso de que existan indicios o interrogantes no resueltos, plantéelos en este apartado
compartiendo la tarea pendiente con otros investigadores que pueden acompañar y ampliar el estudio.
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